/ sábado 8 de diciembre de 2018

Pipo El Sordo

Pipo el Sordo va cubierto hasta las orejas. El frío cala hasta los huesos, un pasamontañas cubre su cabeza, unos guantes de lana sus manos, lo único que se percibe de su humanidad es el vaho que exhala su boca ante el frío. Al llegar a la Plaza Guillermo Baca, antiguamente llamada Plaza Porfirio Díaz, ve a lo lejos un conglomerado de fieles devotos de la Virgen de Guadalupe, es la mañana del jueves 12 y toda la grey católica se vuelca a expresarle su agradecimiento a la Virgen del Tepeyac por los favores recibidos.

Pipo, antes de cruzar la calle en San Juan de Dios, medita su religiosidad, lo bien que le ha ido últimamente y su poca asistencia a los oficios religiosos. En su vida, sus padres no le habían inculcado con mucha vehemencia la religión católica, Don Lupe y Doña Rosario, si bien profesaban la doctrina de Jesús de Nazareth, no eran fieles asiduos, su vida ataviada por el desamparo, se ocupó más por resolver lo urgente que las necesidades cosmo-teológicas de todo ser humano.

En el fondo, Pipo se los agradecía, el temor que infunde toda religión era similar al temor que él siempre había sentido en su vida al rechazo, a las consecuencias de su discapacidad y qué mejor que este reto para enfrentar la vida. A la distancia observaba a los Sacerdotes, escuchaba en el silencio que denota incomprensión, los casos que bajo la óptica de la fe, han sido considerados milagros en la historia de la humanidad, al término de sus conclusiones sobre la fe, sólo atinaba a creer que Dios está en todas partes.

En su abstracción, llega Luteraspero, un ex miembro del Partido Comunista, que ante la división de la izquierda, optó mejor por retirarse del ambiente político y desde una trinchera utópica seguir con sus principios leninistas, marxistas: “¿Qué pasó Pipo?… ¿qué tal el frío?.... Dame un Sol”, mientras se lo da, Luteraspero voltea a la Catedral, antes Santuario de Guadalupe, reconstruido bajo la lupa del Padre Pelayo, luego de la inundación del 44: “Ahí está la representación de la más grande conquista que hemos sido objetos los mexicanos: La Virgen de Guadalupe, el instrumento más efectivo para subyugar a un pueblo, infinitamente espiritual, la más grande creación de la Iglesia de Roma”, dice enfático ante lo que tiene enfrente.

Pipo con mirada desafiante reta a Luteraspero: “No me veas así Pipo… la religión, cualquiera que sea: la budista, la islámica, el judaísmo, busca la superación del ser humano, su paz interior, de ilustrar la visión de todos ante el mundo que nos rodea, de sacar a flote todas nuestras vocaciones. Es legítimo el deseo de todo ser humano de que su vida no termine después de la muerte. Por eso, Pipo debemos creer en un Dios… pero, siempre existe un pero, en México la religión ha sido un factor de manipulación, de represión, de atraso… desde la Santa Inquisición, desde las Leyes de Reforma, desde la guerra de los Cristeros, la iglesia ha explotado hasta la saciedad la inmensa espiritualidad que arrastramos desde nuestras más profundas raíces, desde los Aztecas, los Mayas, inclusive nuestros hermanos Tarahumaras son muy religiosos”.

“Por eso Pipo, el poder de la iglesia en especial en México, donde nace la conquista latinoamericana espiritual, siempre debe estar acotado, que lleven la palabra de Dios a todos los rincones del país, que a través de la fe, seamos una sociedad más sana, que a través de la religión tengamos más firme nuestra percepción sobre el bien y el mal, pero hasta ahí, porque la fe al igual que mueve montañas, mueve a los pueblos y en muchas ocasiones los pueblos son como los borregos, uno tras de otro”. Pipo está conmocionado, jamás en la vida lo habían enfrentado tan abruptamente en conceptos, ideas ante su visión de la religión, definitivamente tiene muchas preguntas que hacerle a su profesor de Filosofía.

Pipo el Sordo va cubierto hasta las orejas. El frío cala hasta los huesos, un pasamontañas cubre su cabeza, unos guantes de lana sus manos, lo único que se percibe de su humanidad es el vaho que exhala su boca ante el frío. Al llegar a la Plaza Guillermo Baca, antiguamente llamada Plaza Porfirio Díaz, ve a lo lejos un conglomerado de fieles devotos de la Virgen de Guadalupe, es la mañana del jueves 12 y toda la grey católica se vuelca a expresarle su agradecimiento a la Virgen del Tepeyac por los favores recibidos.

Pipo, antes de cruzar la calle en San Juan de Dios, medita su religiosidad, lo bien que le ha ido últimamente y su poca asistencia a los oficios religiosos. En su vida, sus padres no le habían inculcado con mucha vehemencia la religión católica, Don Lupe y Doña Rosario, si bien profesaban la doctrina de Jesús de Nazareth, no eran fieles asiduos, su vida ataviada por el desamparo, se ocupó más por resolver lo urgente que las necesidades cosmo-teológicas de todo ser humano.

En el fondo, Pipo se los agradecía, el temor que infunde toda religión era similar al temor que él siempre había sentido en su vida al rechazo, a las consecuencias de su discapacidad y qué mejor que este reto para enfrentar la vida. A la distancia observaba a los Sacerdotes, escuchaba en el silencio que denota incomprensión, los casos que bajo la óptica de la fe, han sido considerados milagros en la historia de la humanidad, al término de sus conclusiones sobre la fe, sólo atinaba a creer que Dios está en todas partes.

En su abstracción, llega Luteraspero, un ex miembro del Partido Comunista, que ante la división de la izquierda, optó mejor por retirarse del ambiente político y desde una trinchera utópica seguir con sus principios leninistas, marxistas: “¿Qué pasó Pipo?… ¿qué tal el frío?.... Dame un Sol”, mientras se lo da, Luteraspero voltea a la Catedral, antes Santuario de Guadalupe, reconstruido bajo la lupa del Padre Pelayo, luego de la inundación del 44: “Ahí está la representación de la más grande conquista que hemos sido objetos los mexicanos: La Virgen de Guadalupe, el instrumento más efectivo para subyugar a un pueblo, infinitamente espiritual, la más grande creación de la Iglesia de Roma”, dice enfático ante lo que tiene enfrente.

Pipo con mirada desafiante reta a Luteraspero: “No me veas así Pipo… la religión, cualquiera que sea: la budista, la islámica, el judaísmo, busca la superación del ser humano, su paz interior, de ilustrar la visión de todos ante el mundo que nos rodea, de sacar a flote todas nuestras vocaciones. Es legítimo el deseo de todo ser humano de que su vida no termine después de la muerte. Por eso, Pipo debemos creer en un Dios… pero, siempre existe un pero, en México la religión ha sido un factor de manipulación, de represión, de atraso… desde la Santa Inquisición, desde las Leyes de Reforma, desde la guerra de los Cristeros, la iglesia ha explotado hasta la saciedad la inmensa espiritualidad que arrastramos desde nuestras más profundas raíces, desde los Aztecas, los Mayas, inclusive nuestros hermanos Tarahumaras son muy religiosos”.

“Por eso Pipo, el poder de la iglesia en especial en México, donde nace la conquista latinoamericana espiritual, siempre debe estar acotado, que lleven la palabra de Dios a todos los rincones del país, que a través de la fe, seamos una sociedad más sana, que a través de la religión tengamos más firme nuestra percepción sobre el bien y el mal, pero hasta ahí, porque la fe al igual que mueve montañas, mueve a los pueblos y en muchas ocasiones los pueblos son como los borregos, uno tras de otro”. Pipo está conmocionado, jamás en la vida lo habían enfrentado tan abruptamente en conceptos, ideas ante su visión de la religión, definitivamente tiene muchas preguntas que hacerle a su profesor de Filosofía.

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