/ domingo 5 de noviembre de 2023

Platicando con los Muertos: Del olvido a la perpetuidad… el recuerdo de los que ya no están

Las memorias de aquellos que han adelantado su camino no desaparecen, viven en la historia de nuestro panteón de Dolores

Nuestros muertos, ese recuerdo a la vez fugaz y perpetuo que actualiza la dependencia del hombre con su pasado, a los viejos tiempos que ya experimentó o simplemente quiso vivir; hay en él un barrera material que la humanidad no puede cruzar y tienen que ver con el paso de las horas y de los minutos, de los días y los años, el transcurrir de la vida, de la muerte que no tiene retroceso.

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Todo se pretende eternizar en la memoria y olvidarse con el tiempo, pero hay un lugar donde los recuerdos se prolongan más allá del silencio y en la tenue oscuridad que procura la luna, en el panteón de Dolores, por ejemplo, espacio de los muertos donde el rumor es una angustiosa plegaria que reclama la perpetuidad y los nombres inscritos en la piedra prolongan la identidad de los que ya no están.

El escenario hace hablar a los muertos porque están ahí, debajo de la tierra, cautivos del amor y el odio que les privó del pronto olvido, presentes en el espacio de la fe y la creencia, vivos en el corazón y en las vísceras de sus deudos, de quienes supieron su paso por la tierra y volvieron a ella para continuar con el ciclo de la existencia.

¡Existo por que existo! Ese es el trasfondo del ser y su complejo entendimiento, porque gracias al recuerdo los hombres y la mujeres son sin estar, es decir que la trascendencia los llevó más allá de la muerte, descontextualizados en el tiempo y el espacio, a veces juzgados y otras también idolatrados, pero siempre en la memoria.

Nuestros muertos… no se han ido porque el amor, e incluso el odio, los aferró al recuerdo, los atrapó en cajitas de cristal que tarde o temprano se romperán para liberar sus nombres y sus rostros, cautivos de lo que hicieron en la vida; porque entre más pase el tiempo, el olvido hará lo propio ante esa fragilidad, eliminando cada huella por más profunda que sea.

Foto: Adrián Barrón | El Sol de Parral

Sabiendo lo anterior, el panteón de Dolores, el más antiguo e importante de Parral, Chihuahua, fue escenario del famoso Platicando con los Muertos, una actividad netamente histórica y cultural, organizada por la asociación civil ValorArte y con el apoyo del Gobierno Municipal, que busca rescatar a personajes ilustres del olvido, incentivar la memoria colectiva a través de la historia y las leyendas, y promover más productos culturales que protejan el patrimonio histórico.

Un recorrido lleno de misterios y para toda la familia, que inicia con la intervención de Juan Rangel de Biezma, descubridor de la mina fundadora del Parral durante la tercera década del siglo XVII, aunque sus restos mortales no están sepultados allí porque el espacio fue habilitado casi 200 años después de su muerte, su figura capitaliza el génesis de lo parralense y su parralensidad, el origen primigenio de lo que en Dolores se conserva, cada hueso y piedra, y hasta el más sepulcral de los silencios.

Una mujer espera con sus hijas el verdadero fin, porque entiende que la consumación de todo no es la muerte, aún vaga con ellos entre las lápidas sin superar las preocupaciones heredadas de la vida, ese apego familiar y la necesidad de estar juntos… fueron y siguen siendo sus hijas, a pesar del tiempo y la descomposición de la carne.

En otra estación, los señores Pedro Torres y Ángela Jurado hablan del majestuoso mausoleo que guarda los restos de su familia, del abolengo de su época, el amor y las finas costumbres; sin embargo, la pomposa construcción contrasta con las demás, haciendo reflexionar al vivo sobre los muertos y lo que se llevan.

Dejaron de poseer hasta el aliento, en la estéril tierra yacen sus cuerpos, algunos ya convertidos en polvo. La única diferencia que prevalece entre los muertos de este panteón es el peso que ya no sienten sobre sí, porque no es lo mismo cargar por décadas o siglos imponentes monumentos que la parca tierra.

El teporocho también es parte de este ambiente donde impera la oscuridad y el color blanco que sobresale en forma de infinitas cruces; personajes de lo popular son protagonistas de difundidas leyendas, cuyo centro en este caso es la pobreza y el consumo del alcohol, ambos fenómenos íntimamente relacionados con el imaginario mexicano de la muerte.

La muerte figurativamente es un concepto al que se relaciona más con la pobreza, la rebeldía, la inexperiencia y con los vicios, porque la riqueza procura “la buena vida”, el orden la conserva, la experiencia permite sobrevivir y adaptarse, y la virtud concede la trascendencia, es decir, vencer el mal, el pecado y por supuesto, la muerte.

Pero la realidad es que a todos les llega el fin, como a Pedro Alvarado y a su familia, a José María Botello, a Josefa Molinar de Torres, al ingeniero Agustín Barbachano y a Eduarda Reséndiz, personajes que participaron en el Parral posterior a las revoluciones del siglo XIX, del orden y el progreso, del épico momento que se conoce como “Porfiriato”.

Foto: Adrián Barrón | El Sol de Parral

¿Sabrán acaso que su carne se incorporó a la tierra y que de sus huesos sólo queda el polvo?

El panteón de Dolores se estableció durante la segunda mitad de la centuria decimonónica, por ello es que gran parte de su patrimonio histórico, de carácter inmueble como los grandes monumentos dedicados a la muerte, pertenece a esta época. El camposanto también nos habla de una intensa dinámica cultural por la presencia de sepulturas que indican el entierro de extranjeros.

Aquí descansan europeos, judíos y árabes, pero también personas de origen chino. Este último grupo poblacional es el más invisibilizado de todos, ¿quiénes fueron estos hombres y mujeres que huyeron de las guerras del opio, expulsados del Sueño Americano y recibidos por el héroe de la Batalla del 2 de abril, Porfirio Díaz?

Fueron lo que hoy indican sus sepulturas, grafías incomprendidas, caracteres desconocidos, cristianos conversos a causa de la necesidad de que una nueva patria los adoptara, pero que en la práctica los erradicó. Dolores resguarda el pesar de estar lejos de su tierra, enmudecidos como todos los demás y bajo la cruz de un redentor que quizá nunca comprendieron.

Se representa también a Manuel “Meme” Márquez cuya muerte detuvo su don por el pincel y la pintura, dejando afortunadamente para los parralenses la heráldica de su origen, símbolo de su identidad y arraigo que reza desde entonces el mantra siguiente: “Sobre todo la fe”.

La fe es un concepto central para los que visitan a los muertos porque esperan un día volver a contemplarlos, también es el elemento que llevó al cementerio la aparición de una monja, que entre las lápidas se asoma con ese rumor contemplativo. Las infinitas cruces son su contexto, orando al Dios de la vida y de la muerte pide por su alma, porque así se la encomendó cuando decidió consagrar sus acciones al Sumo Bien.

Y contrario a ello, ofrece al espectador una paradójica visión debido a que los “buenos” también parten de la vida y vagan por el limbo sin descanso eterno.

Foto: Adrián Barrón | El Sol de Parral

Otros extranjeros que lamentan su estancia en Dolores son los militares franceses que murieron en la batalla del 8 de agosto de 1865, derrotados por la República. Oscar Pyot reniega de su fracaso, obstinado a permanecer ante las llamas de un fuego que purifica, sin ver la luz, cegado por el odio y el desconocimiento de su causa. Perdido, así como el sepulcro de los 16 soldados que vieron la muerte en el Parral, ese derrotero permanente de almas atrapadas en el silencio y la oscuridad del dolor, de la pena, de la tierra miserable un día que cubrió sus impecables uniformes, el honor que tanto presumían.

Cercano a ellos está un monumento sepulcral de color rojo y de cantera, labrado para que en su interior circulara el viento, para que ocupara el espacio del vacío y emitiera el característico lamento de la noche, un chiflido que anuncia la llegada de los espíritus porque en el lugar de los muertos no todo es silencio, también es rumor y voces de ultratumba.

Sobre el camino interior se atraviesan dos niñas que discuten, una era de mejor condición económica que la otra y su diálogo precisamente resalta las diferencias de la vida, las cuales son superadas en la muerte. Ambas se acompañan entre las tumbas, corren por los lúgubres rincones del panteón sin temor alguno.

Enseguida a ellas, en el sitio que se les pierde de vista, están los hombres de la División del Norte que murieron sorprendidos por los Carrancistas, dormían una noche de la que jamás despertaron, masacrados en el mesón del Águila. Siguen esperando órdenes de su General, en un campamento improvisado por la muerte que les exige lealtad. ¿Sabrán acaso que su carne se incorporó a la tierra y que de sus huesos sólo queda el polvo?

¿Sabrán que la Revolución no ha terminado a pesar de que sus vidas fueron entregadas en imperioso holocausto?

Quizá no, pero la que sí supo de muerte y un sistemático olvido fue Aurora Reyes, la primera mujer muralista en México oriunda de este Parral, que ni los difuntos ni los vivos conocen a cabalidad su trascendental obra. Negada como muchas otras célebres almas cuya huella en la cultura y en el arte jamás será borrada, persistiendo per saecula saeculorum.

¿Por los siglos de los siglos? Esta es una idea que no aplica para quienes existieron bajo la dualidad del cuerpo y el alma, porque en algún momento ambos tienen que separarse no necesariamente para que uno de los dos trascienda, dejando por ende de ser lo que algún día fueron. En el fenómeno de la aparición los cuerpos continúan bajo tierra y las almas permanecen en el espacio de los vivos.

Cuerpos excluidos y olvidados… reflejos de la indignación

En Dolores no todos los cuerpos reposan debajo de monumentales columnas labradas en cantera o mármol. Un número indeterminado de ellos, que ampliamente son la mayoría, descansan en la profundidad del camposanto cubiertos sólo por la descolorida tierra. Sepulcros de levedad, los más numerosos y olvidados, los que el viento arranca y dispersa por doquier, un rastro que tiende a borrarse, a desaparecer.

Restos de humildad, como fueron en la vida, aquí también descansan los desposeídos cuyo nombre quizá tampoco trascendió en el recuerdo, que fueron penas efímeras aunque igual de dolorosas que las demás. De ellos está repleta la morada de los muertos, vagando sus almas en completo silencio, no sabiendo quiénes fueron ni hacia dónde tienen que dirigirse. El alma de los pobres forma parte de una masa ya corrupta, extinta materialmente, que forma un sólo lamento de agonías incomprendidas.

Hombres y mujeres, niños y adultos, personas de otro tiempo que la tierra absorbió luego de aquella noche trágica en la que se apagó la última de las velas, fuego que iluminó el rostro de sus deudos, extinguiéndose en el vaivén de una llama que no dejó de bailar, de brillar como una momentánea plegaria al Dios que murió en la cruz para luego resucitar como la más grande esperanza.

¿Qué sucede cuando el olvido se consuma?

Las flores se marchitan, el hierro se oxida, la madera se apolilla, la piedra se fractura, los huesos se vuelven polvo… Se muere verdaderamente en consecuencia del tiempo, dejándo de ser lo que un día se fue, siendo ya parte del genérico sistema que comprende todo el universo, la creación, simple materia en perenne transformación, sin identidad alguna.

Esta es la realidad de muchos que en Dolores abrazaron el descanso, de muchos montículos de tierra que aún emergen del subsuelo, el único indicio de que ahí están o estuvieron los cuerpos de nuestros muertos. Pobres y olvidados también son parte de este recorrido, en una estación donde la memoria los evoca a todos sin darles un nombre, únicamente representados por el amor y el excesivo dolor que significa la pérdida.

A pesar de que el monumento dedicado a Canuto Estavillo colapsó, su recuerdo permanece vigente gracias al protagonismo de su vida en el convulso siglo XIX. Aún se le nombra al igual que a su hermano Luis. Son parte del “inventario” de próceres del cementerio civil más antiguo de Parral, cuyo terreno fue donado por la familia Borja.

Los Borja fueron de abolengo, prueba de ello son las imponentes columnas que todavía en la actualidad coronan su sepulcro… tan alta como aquella cruz de cantera roja, la que más se acerca al cielo empíreo y le recuerda a todo el que cree que la vida es un sacrificio que se consuma con la muerte, y que a pesar de ello, visible es el anhelo de regresar.

Foto: Adrián Barrón | El Sol de Parral

Pero el descanso eterno tampoco es exclusivo de quienes podía construir para sí sublimes homenajes, también es de los marginados y de los incomprendidos, de las vidas escandalosamente diferentes. Platicando con los Muertos representa de igual manera y en contraste a las demás, a la mujer libertina de su sexualidad, cautivadora y de esencia trivial, de naturaleza pecaminosa.

Recuerda a los vivos una parte de la realidad que desde tiempos remotos se invisibiliza, el “pecado encarnado” en la “figura más pura de la creación”, la prostituta cuyo lenguaje sigue siendo provocador para las débiles almas que se ven cegadas por sus encantos. Quizá Kitty Hines o la “China” Octaviana, entre otras proxenetas, jamás se imaginaron que el pueblo de Parral las recordaría como las principales promotoras del oficio “más antiguo” a principios del siglo XX.

Así como la muerte a veces es misteriosa, también lo fue el destino de estas mujeres que entregaron su vida al dinero de otros hombres, desconociendo si el móvil inicial fuera el amor o la necesidad. Esas almas que en otro tiempo fueron excluidas, hoy se incorporan a la mística del recuerdo, en el mismo lugar donde se depositaron los restos de los más puros, de aquellos que consagraron su vida a la moral y a las buenas costumbres.

A todos estos cuerpos corruptibles los acompaña el silencio, la muda y tenuemente iluminada noche, el suave viento, la brisa matinal y los eminentes ángeles…

Estos últimos esculpidos en sus infinitas facetas aunque todos ellos custodios de los restos y del amor que puede ser profanado. Sus rostros le impregnan a Dolores un ambiente que se estima más allá de lo religioso, la gran mayoría tristes. Pero en ese lugar existe uno completamente diferente, uno que manifiesta enojo, enfado e incluso indignación.

La muerte produce tristeza, sí; empero, una serie de sentimientos muy variados se apoderan de la persona en la experiencia del dolor, una locura o disparate, no sólo el llanto, también el grito muchas veces desolador, la rabia y la impotencia, el saberse finitos es violento, cruel para el hombre y la mujer que se entendían eternos.

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Esto mismo, lo refleja el ángel cuyas alas no pueden despegar el vuelo y permanecen aprisionadas en la figura de roca, atrapado con los cuerpos y las almas que no pueden irse todavía, que vagan entre la tierra y rumor del viento; indignado porque aún no se cumple la promesa de la resurrección; molesto porque la vida tiene un fin y la muerte aparentemente carece de retorno… Querubín de ojos cansados y labios apretados, ojalá que la irá no lacere tu relación con el Amor que mueve el sol y las demás estrellas, porque… ¿Cuánto tiempo tendrás que esperar todavía?

Nuestros muertos, ese recuerdo a la vez fugaz y perpetuo que actualiza la dependencia del hombre con su pasado, a los viejos tiempos que ya experimentó o simplemente quiso vivir; hay en él un barrera material que la humanidad no puede cruzar y tienen que ver con el paso de las horas y de los minutos, de los días y los años, el transcurrir de la vida, de la muerte que no tiene retroceso.

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Todo se pretende eternizar en la memoria y olvidarse con el tiempo, pero hay un lugar donde los recuerdos se prolongan más allá del silencio y en la tenue oscuridad que procura la luna, en el panteón de Dolores, por ejemplo, espacio de los muertos donde el rumor es una angustiosa plegaria que reclama la perpetuidad y los nombres inscritos en la piedra prolongan la identidad de los que ya no están.

El escenario hace hablar a los muertos porque están ahí, debajo de la tierra, cautivos del amor y el odio que les privó del pronto olvido, presentes en el espacio de la fe y la creencia, vivos en el corazón y en las vísceras de sus deudos, de quienes supieron su paso por la tierra y volvieron a ella para continuar con el ciclo de la existencia.

¡Existo por que existo! Ese es el trasfondo del ser y su complejo entendimiento, porque gracias al recuerdo los hombres y la mujeres son sin estar, es decir que la trascendencia los llevó más allá de la muerte, descontextualizados en el tiempo y el espacio, a veces juzgados y otras también idolatrados, pero siempre en la memoria.

Nuestros muertos… no se han ido porque el amor, e incluso el odio, los aferró al recuerdo, los atrapó en cajitas de cristal que tarde o temprano se romperán para liberar sus nombres y sus rostros, cautivos de lo que hicieron en la vida; porque entre más pase el tiempo, el olvido hará lo propio ante esa fragilidad, eliminando cada huella por más profunda que sea.

Foto: Adrián Barrón | El Sol de Parral

Sabiendo lo anterior, el panteón de Dolores, el más antiguo e importante de Parral, Chihuahua, fue escenario del famoso Platicando con los Muertos, una actividad netamente histórica y cultural, organizada por la asociación civil ValorArte y con el apoyo del Gobierno Municipal, que busca rescatar a personajes ilustres del olvido, incentivar la memoria colectiva a través de la historia y las leyendas, y promover más productos culturales que protejan el patrimonio histórico.

Un recorrido lleno de misterios y para toda la familia, que inicia con la intervención de Juan Rangel de Biezma, descubridor de la mina fundadora del Parral durante la tercera década del siglo XVII, aunque sus restos mortales no están sepultados allí porque el espacio fue habilitado casi 200 años después de su muerte, su figura capitaliza el génesis de lo parralense y su parralensidad, el origen primigenio de lo que en Dolores se conserva, cada hueso y piedra, y hasta el más sepulcral de los silencios.

Una mujer espera con sus hijas el verdadero fin, porque entiende que la consumación de todo no es la muerte, aún vaga con ellos entre las lápidas sin superar las preocupaciones heredadas de la vida, ese apego familiar y la necesidad de estar juntos… fueron y siguen siendo sus hijas, a pesar del tiempo y la descomposición de la carne.

En otra estación, los señores Pedro Torres y Ángela Jurado hablan del majestuoso mausoleo que guarda los restos de su familia, del abolengo de su época, el amor y las finas costumbres; sin embargo, la pomposa construcción contrasta con las demás, haciendo reflexionar al vivo sobre los muertos y lo que se llevan.

Dejaron de poseer hasta el aliento, en la estéril tierra yacen sus cuerpos, algunos ya convertidos en polvo. La única diferencia que prevalece entre los muertos de este panteón es el peso que ya no sienten sobre sí, porque no es lo mismo cargar por décadas o siglos imponentes monumentos que la parca tierra.

El teporocho también es parte de este ambiente donde impera la oscuridad y el color blanco que sobresale en forma de infinitas cruces; personajes de lo popular son protagonistas de difundidas leyendas, cuyo centro en este caso es la pobreza y el consumo del alcohol, ambos fenómenos íntimamente relacionados con el imaginario mexicano de la muerte.

La muerte figurativamente es un concepto al que se relaciona más con la pobreza, la rebeldía, la inexperiencia y con los vicios, porque la riqueza procura “la buena vida”, el orden la conserva, la experiencia permite sobrevivir y adaptarse, y la virtud concede la trascendencia, es decir, vencer el mal, el pecado y por supuesto, la muerte.

Pero la realidad es que a todos les llega el fin, como a Pedro Alvarado y a su familia, a José María Botello, a Josefa Molinar de Torres, al ingeniero Agustín Barbachano y a Eduarda Reséndiz, personajes que participaron en el Parral posterior a las revoluciones del siglo XIX, del orden y el progreso, del épico momento que se conoce como “Porfiriato”.

Foto: Adrián Barrón | El Sol de Parral

¿Sabrán acaso que su carne se incorporó a la tierra y que de sus huesos sólo queda el polvo?

El panteón de Dolores se estableció durante la segunda mitad de la centuria decimonónica, por ello es que gran parte de su patrimonio histórico, de carácter inmueble como los grandes monumentos dedicados a la muerte, pertenece a esta época. El camposanto también nos habla de una intensa dinámica cultural por la presencia de sepulturas que indican el entierro de extranjeros.

Aquí descansan europeos, judíos y árabes, pero también personas de origen chino. Este último grupo poblacional es el más invisibilizado de todos, ¿quiénes fueron estos hombres y mujeres que huyeron de las guerras del opio, expulsados del Sueño Americano y recibidos por el héroe de la Batalla del 2 de abril, Porfirio Díaz?

Fueron lo que hoy indican sus sepulturas, grafías incomprendidas, caracteres desconocidos, cristianos conversos a causa de la necesidad de que una nueva patria los adoptara, pero que en la práctica los erradicó. Dolores resguarda el pesar de estar lejos de su tierra, enmudecidos como todos los demás y bajo la cruz de un redentor que quizá nunca comprendieron.

Se representa también a Manuel “Meme” Márquez cuya muerte detuvo su don por el pincel y la pintura, dejando afortunadamente para los parralenses la heráldica de su origen, símbolo de su identidad y arraigo que reza desde entonces el mantra siguiente: “Sobre todo la fe”.

La fe es un concepto central para los que visitan a los muertos porque esperan un día volver a contemplarlos, también es el elemento que llevó al cementerio la aparición de una monja, que entre las lápidas se asoma con ese rumor contemplativo. Las infinitas cruces son su contexto, orando al Dios de la vida y de la muerte pide por su alma, porque así se la encomendó cuando decidió consagrar sus acciones al Sumo Bien.

Y contrario a ello, ofrece al espectador una paradójica visión debido a que los “buenos” también parten de la vida y vagan por el limbo sin descanso eterno.

Foto: Adrián Barrón | El Sol de Parral

Otros extranjeros que lamentan su estancia en Dolores son los militares franceses que murieron en la batalla del 8 de agosto de 1865, derrotados por la República. Oscar Pyot reniega de su fracaso, obstinado a permanecer ante las llamas de un fuego que purifica, sin ver la luz, cegado por el odio y el desconocimiento de su causa. Perdido, así como el sepulcro de los 16 soldados que vieron la muerte en el Parral, ese derrotero permanente de almas atrapadas en el silencio y la oscuridad del dolor, de la pena, de la tierra miserable un día que cubrió sus impecables uniformes, el honor que tanto presumían.

Cercano a ellos está un monumento sepulcral de color rojo y de cantera, labrado para que en su interior circulara el viento, para que ocupara el espacio del vacío y emitiera el característico lamento de la noche, un chiflido que anuncia la llegada de los espíritus porque en el lugar de los muertos no todo es silencio, también es rumor y voces de ultratumba.

Sobre el camino interior se atraviesan dos niñas que discuten, una era de mejor condición económica que la otra y su diálogo precisamente resalta las diferencias de la vida, las cuales son superadas en la muerte. Ambas se acompañan entre las tumbas, corren por los lúgubres rincones del panteón sin temor alguno.

Enseguida a ellas, en el sitio que se les pierde de vista, están los hombres de la División del Norte que murieron sorprendidos por los Carrancistas, dormían una noche de la que jamás despertaron, masacrados en el mesón del Águila. Siguen esperando órdenes de su General, en un campamento improvisado por la muerte que les exige lealtad. ¿Sabrán acaso que su carne se incorporó a la tierra y que de sus huesos sólo queda el polvo?

¿Sabrán que la Revolución no ha terminado a pesar de que sus vidas fueron entregadas en imperioso holocausto?

Quizá no, pero la que sí supo de muerte y un sistemático olvido fue Aurora Reyes, la primera mujer muralista en México oriunda de este Parral, que ni los difuntos ni los vivos conocen a cabalidad su trascendental obra. Negada como muchas otras célebres almas cuya huella en la cultura y en el arte jamás será borrada, persistiendo per saecula saeculorum.

¿Por los siglos de los siglos? Esta es una idea que no aplica para quienes existieron bajo la dualidad del cuerpo y el alma, porque en algún momento ambos tienen que separarse no necesariamente para que uno de los dos trascienda, dejando por ende de ser lo que algún día fueron. En el fenómeno de la aparición los cuerpos continúan bajo tierra y las almas permanecen en el espacio de los vivos.

Cuerpos excluidos y olvidados… reflejos de la indignación

En Dolores no todos los cuerpos reposan debajo de monumentales columnas labradas en cantera o mármol. Un número indeterminado de ellos, que ampliamente son la mayoría, descansan en la profundidad del camposanto cubiertos sólo por la descolorida tierra. Sepulcros de levedad, los más numerosos y olvidados, los que el viento arranca y dispersa por doquier, un rastro que tiende a borrarse, a desaparecer.

Restos de humildad, como fueron en la vida, aquí también descansan los desposeídos cuyo nombre quizá tampoco trascendió en el recuerdo, que fueron penas efímeras aunque igual de dolorosas que las demás. De ellos está repleta la morada de los muertos, vagando sus almas en completo silencio, no sabiendo quiénes fueron ni hacia dónde tienen que dirigirse. El alma de los pobres forma parte de una masa ya corrupta, extinta materialmente, que forma un sólo lamento de agonías incomprendidas.

Hombres y mujeres, niños y adultos, personas de otro tiempo que la tierra absorbió luego de aquella noche trágica en la que se apagó la última de las velas, fuego que iluminó el rostro de sus deudos, extinguiéndose en el vaivén de una llama que no dejó de bailar, de brillar como una momentánea plegaria al Dios que murió en la cruz para luego resucitar como la más grande esperanza.

¿Qué sucede cuando el olvido se consuma?

Las flores se marchitan, el hierro se oxida, la madera se apolilla, la piedra se fractura, los huesos se vuelven polvo… Se muere verdaderamente en consecuencia del tiempo, dejándo de ser lo que un día se fue, siendo ya parte del genérico sistema que comprende todo el universo, la creación, simple materia en perenne transformación, sin identidad alguna.

Esta es la realidad de muchos que en Dolores abrazaron el descanso, de muchos montículos de tierra que aún emergen del subsuelo, el único indicio de que ahí están o estuvieron los cuerpos de nuestros muertos. Pobres y olvidados también son parte de este recorrido, en una estación donde la memoria los evoca a todos sin darles un nombre, únicamente representados por el amor y el excesivo dolor que significa la pérdida.

A pesar de que el monumento dedicado a Canuto Estavillo colapsó, su recuerdo permanece vigente gracias al protagonismo de su vida en el convulso siglo XIX. Aún se le nombra al igual que a su hermano Luis. Son parte del “inventario” de próceres del cementerio civil más antiguo de Parral, cuyo terreno fue donado por la familia Borja.

Los Borja fueron de abolengo, prueba de ello son las imponentes columnas que todavía en la actualidad coronan su sepulcro… tan alta como aquella cruz de cantera roja, la que más se acerca al cielo empíreo y le recuerda a todo el que cree que la vida es un sacrificio que se consuma con la muerte, y que a pesar de ello, visible es el anhelo de regresar.

Foto: Adrián Barrón | El Sol de Parral

Pero el descanso eterno tampoco es exclusivo de quienes podía construir para sí sublimes homenajes, también es de los marginados y de los incomprendidos, de las vidas escandalosamente diferentes. Platicando con los Muertos representa de igual manera y en contraste a las demás, a la mujer libertina de su sexualidad, cautivadora y de esencia trivial, de naturaleza pecaminosa.

Recuerda a los vivos una parte de la realidad que desde tiempos remotos se invisibiliza, el “pecado encarnado” en la “figura más pura de la creación”, la prostituta cuyo lenguaje sigue siendo provocador para las débiles almas que se ven cegadas por sus encantos. Quizá Kitty Hines o la “China” Octaviana, entre otras proxenetas, jamás se imaginaron que el pueblo de Parral las recordaría como las principales promotoras del oficio “más antiguo” a principios del siglo XX.

Así como la muerte a veces es misteriosa, también lo fue el destino de estas mujeres que entregaron su vida al dinero de otros hombres, desconociendo si el móvil inicial fuera el amor o la necesidad. Esas almas que en otro tiempo fueron excluidas, hoy se incorporan a la mística del recuerdo, en el mismo lugar donde se depositaron los restos de los más puros, de aquellos que consagraron su vida a la moral y a las buenas costumbres.

A todos estos cuerpos corruptibles los acompaña el silencio, la muda y tenuemente iluminada noche, el suave viento, la brisa matinal y los eminentes ángeles…

Estos últimos esculpidos en sus infinitas facetas aunque todos ellos custodios de los restos y del amor que puede ser profanado. Sus rostros le impregnan a Dolores un ambiente que se estima más allá de lo religioso, la gran mayoría tristes. Pero en ese lugar existe uno completamente diferente, uno que manifiesta enojo, enfado e incluso indignación.

La muerte produce tristeza, sí; empero, una serie de sentimientos muy variados se apoderan de la persona en la experiencia del dolor, una locura o disparate, no sólo el llanto, también el grito muchas veces desolador, la rabia y la impotencia, el saberse finitos es violento, cruel para el hombre y la mujer que se entendían eternos.

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Esto mismo, lo refleja el ángel cuyas alas no pueden despegar el vuelo y permanecen aprisionadas en la figura de roca, atrapado con los cuerpos y las almas que no pueden irse todavía, que vagan entre la tierra y rumor del viento; indignado porque aún no se cumple la promesa de la resurrección; molesto porque la vida tiene un fin y la muerte aparentemente carece de retorno… Querubín de ojos cansados y labios apretados, ojalá que la irá no lacere tu relación con el Amor que mueve el sol y las demás estrellas, porque… ¿Cuánto tiempo tendrás que esperar todavía?

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