/ lunes 7 de octubre de 2019

Día de difuntos

Frente al ataúd desfilaba aquella turba que acompañaba a los deudos. Unos cuchilleaban entre ellos, otros decían una plegaria, pero uno de ellos un hombre muy mayor lloraba angustiosamente.

Su ropa tan desgastada como su cuerpo, era la amalgama perfecta para confundirlo con un espectro o con un indigente, está última opción resultaba más acorde con la ambiente clase mediero que prevalecía en la funeraria. La clase media siempre intentando aparentar una superioridad imaginaria. Las miradas de los deudos se posaban sobre el anciano como auras.

A su edad, las experiencias vividas, lo efímero de la existencia lo hacían inmune a toda la superficialidad de la escena. Se acercó al café con la seguridad propia de un patriarca, se sirvió un vaso de unicel hasta el borde sin derramar ni una sola gota.

Mateo, el mayor y único hijo varón del difunto no soportó más la duda y se acercó al anciano con paso lento y con la seguridad de que amablemente le solicitaría que se retirara del funeral, ya que sus hermanas y su esposa se encontraban incomodas con la presencia de ese hombre. Lo que más las perturbaba a las damas es que pronto llegarían sus amistades de la mesa de te canasta, que lanzarían un vistazo al hombre y preguntarían si acaso era familiar de ellas; esto derribaría la buena reputación que tantos años habían fincado con los esfuerzos propios de aquellas amas de casa, que administran cada centavo de la cuota semanal que sus esposos les proveen para la manutención del hogar, para poder darse el lujito de apostar cada jueves en tan amena reunión de mujeres, donde se distraían charlando, bebiendo unas copitas coquetas y jugando a las cartas.

Así es como Mateo, se acerca al hombre y le ofrece un paquete de galletas, su café le sabrá mejor, son de chocolate, y si quiere otro se lo doy para que coma más tarde, lo acompaño a la salida. Gracias Mateo, me quedaré un rato más, soy Cristóbal tu tío hermano de tu papá.

Mateo, se queda de una pieza y lanza un suspiro que le saca el aire, quería abrazarlo y sacar del baúl de los recuerdos aquellos acontecimientos que marcaron su infancia. Sin embargo, abrigar a su andrajoso tío, le causaría el reproche de sus hermanas y un pleito de dimensiones bíblicas con su esposa. Debatiéndose mentalmente entre lo que le dictaba su corazón y le exigía su alma para dar una digna despedida a su padre, honrarlo a través de un pariente consanguíneo. La sangre era la sangre, sin embargo enfrentarse a cinco mujeres furiosas, por la pérdida de esa artificial posición social que habían labrado a costa de fingir, aparentar y mantener esa tan endeble imagen. Frágil construcción de un castillo de arena, cimentada con débiles y superfluos afanes: buscar palabras en inglés para aderezar las fratses, recetas de cocina que compartir “chic” y novedosas, aducir que si no salían de vacaciones era por el vértigo a las alturas y la indisposición trasladarse por vía terrestre. Todo eso se desplomaría en el instante de colocar en el lugar de los deudos a un viejecito de humilde apariencia. La vejez es un tributo tolerable siempre y cuando el dinero no falte.

Entonces Mateo decidió invitar a Don Cristóbal a la esquina a fumarse un cigarrito, como pretexto para sacarlo de la funeraria. Y entonces supo, que tendría que ahorrar y extraer de su sueldo un parte, tal y como lo hacía su mujer para fabricarse una reputación, el lo haría para pagar una incineración sin pompas funerarias ya que mantener las apariencias no sólo merma el bolsillo, sino también la dignidad.

Frente al ataúd desfilaba aquella turba que acompañaba a los deudos. Unos cuchilleaban entre ellos, otros decían una plegaria, pero uno de ellos un hombre muy mayor lloraba angustiosamente.

Su ropa tan desgastada como su cuerpo, era la amalgama perfecta para confundirlo con un espectro o con un indigente, está última opción resultaba más acorde con la ambiente clase mediero que prevalecía en la funeraria. La clase media siempre intentando aparentar una superioridad imaginaria. Las miradas de los deudos se posaban sobre el anciano como auras.

A su edad, las experiencias vividas, lo efímero de la existencia lo hacían inmune a toda la superficialidad de la escena. Se acercó al café con la seguridad propia de un patriarca, se sirvió un vaso de unicel hasta el borde sin derramar ni una sola gota.

Mateo, el mayor y único hijo varón del difunto no soportó más la duda y se acercó al anciano con paso lento y con la seguridad de que amablemente le solicitaría que se retirara del funeral, ya que sus hermanas y su esposa se encontraban incomodas con la presencia de ese hombre. Lo que más las perturbaba a las damas es que pronto llegarían sus amistades de la mesa de te canasta, que lanzarían un vistazo al hombre y preguntarían si acaso era familiar de ellas; esto derribaría la buena reputación que tantos años habían fincado con los esfuerzos propios de aquellas amas de casa, que administran cada centavo de la cuota semanal que sus esposos les proveen para la manutención del hogar, para poder darse el lujito de apostar cada jueves en tan amena reunión de mujeres, donde se distraían charlando, bebiendo unas copitas coquetas y jugando a las cartas.

Así es como Mateo, se acerca al hombre y le ofrece un paquete de galletas, su café le sabrá mejor, son de chocolate, y si quiere otro se lo doy para que coma más tarde, lo acompaño a la salida. Gracias Mateo, me quedaré un rato más, soy Cristóbal tu tío hermano de tu papá.

Mateo, se queda de una pieza y lanza un suspiro que le saca el aire, quería abrazarlo y sacar del baúl de los recuerdos aquellos acontecimientos que marcaron su infancia. Sin embargo, abrigar a su andrajoso tío, le causaría el reproche de sus hermanas y un pleito de dimensiones bíblicas con su esposa. Debatiéndose mentalmente entre lo que le dictaba su corazón y le exigía su alma para dar una digna despedida a su padre, honrarlo a través de un pariente consanguíneo. La sangre era la sangre, sin embargo enfrentarse a cinco mujeres furiosas, por la pérdida de esa artificial posición social que habían labrado a costa de fingir, aparentar y mantener esa tan endeble imagen. Frágil construcción de un castillo de arena, cimentada con débiles y superfluos afanes: buscar palabras en inglés para aderezar las fratses, recetas de cocina que compartir “chic” y novedosas, aducir que si no salían de vacaciones era por el vértigo a las alturas y la indisposición trasladarse por vía terrestre. Todo eso se desplomaría en el instante de colocar en el lugar de los deudos a un viejecito de humilde apariencia. La vejez es un tributo tolerable siempre y cuando el dinero no falte.

Entonces Mateo decidió invitar a Don Cristóbal a la esquina a fumarse un cigarrito, como pretexto para sacarlo de la funeraria. Y entonces supo, que tendría que ahorrar y extraer de su sueldo un parte, tal y como lo hacía su mujer para fabricarse una reputación, el lo haría para pagar una incineración sin pompas funerarias ya que mantener las apariencias no sólo merma el bolsillo, sino también la dignidad.

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