/ sábado 17 de febrero de 2024

Año 1984: Una noche de excesos llevó a un policía a asesinar al dueño de una cantina en NCG

Mientras disfrutaba sus vacaciones, Juan Cruz se enredó en varios problemas que lo hicieron terminar tras las rejas

Memorias de Chihuahua

Corría el año de 1984 en la ciudad de Nuevo Casas Grandes. El oficial de policía, Juan Cruz Muñoz, se encontraba disfrutando de sus anheladas vacaciones, ya que había tenido un periodo de trabajo bastante extenuante. Su agenda vacacional no fue compleja, pues solo se limitó a estar en las cantinas del municipio con sus amigos. Sin embargo, en aquella “parranda” del 20 de enero, Juan Cruz Muñoz bebió como si jamás lo fuera a volver a hacer.

Antes de salir de salir de su casa, Juan Cruz se había alistado de la forma más ostentosa posible. Se bañó, se puso aquella camisa amarilla que recién acababa de comprar, se colgó aquel escapulario café, se hizo entrar en aquellos pantalones Wrangler, sus botas de avestruz en cada uno de sus pies y, por último, se untó en todo su cuello aquella fragancia de catálogo que le había comprado a la vecina. Sin embargo, y por alguna razón que hasta él desconocía, decidió fajarse en sus pantalones aquel revólver calibre 38 especial, mismo que había utilizado en no pocas ocasiones para restablecer el orden y la paz.

La noche había sido larga, pues al principio había llegado al bar “El siete Leguas” mismo en el que duró considerable rato bebiendo; después, y ya medio mareado, llegó a “Las Palmeras”, ahí no solo había consumido alcohol sino también los besos de una mujer que trabajaba ahí y de la cual ni se tomó la molestia de preguntarle su nombre. Estando ya completamente ebrio, Juan Cruz logró trasladarse al bar “La última copa” y, por muy extraño que suene, si lo sería, al menos para él.

Foto: Cortesía / INAH


Al cruzar las puertas del bar, pudo percatarse que la afluencia era poca, pues ya era tarde y la mayoría de los catarrines ya se habían marchado a sus hogares, a excepción de 2 o 3, que se encontraban recostados en sus respectivas mesas ahogados en alcohol. Tras un constante vaivén, Juan Cruz logró sentarse en la barra. Ahí se hallaban Manuel Jurado Alcorta, el encargado de mantener abastecidos a todos los clientes, y el dueño del bar, Arturo Romo González, quien era amigo de Juan.

Arturo, al momento de ver en qué condición venía Juan, le extendió la mano y no pudo evitar burlarse de su estado, a lo que este último solo balbuceo algo que ni el mismo se entendió. Pasado el rato, Juan Cruz pidió un vaso de vino, y al terminarlo, le hizo saber al señor Arturo -dueño del bar- que traía con él una pistola, y que, si a él se le antojaba, podía disparar los únicos 3 cartuchos que traía cargados y acabar con la vida tanto de Arturo Romo como con la de Manuel. Al momento de escuchar esto, Arturo exigió a Juan que se fuera, a lo que este último sacó el arma de fuego y le metió 3 tiros en la cabeza acabando con la vida del dueño del bar.

Al poco tiempo de que Juan le disparó a Arturo, Manuel, el encargado de la barra, se abalanzó sobre el asesino, y este, al caer al piso, quedó en un profundo sueño. A las horas, Juan Cruz despierta con un terrible dolor de cabeza, y sin esperarlo, se encontraba en los separos de la comandancia. Confundido, empieza a preguntar a los guardias la razón de su encierro, pero estos no le contestaron. No fue hasta que llegó el ministerio público que lo puso al corriente del homicidio, y lo único que respondía Juan Cruz era que no se acordaba de nada y que siempre que tomaba solía perder el control. Tristemente no sabemos su condena, ya que el expediente no está completo, pero de lo que estamos seguros, es que esa fue su última copa.

Facebook: Archivo Histórico Municipal NCG

Memorias de Chihuahua

Corría el año de 1984 en la ciudad de Nuevo Casas Grandes. El oficial de policía, Juan Cruz Muñoz, se encontraba disfrutando de sus anheladas vacaciones, ya que había tenido un periodo de trabajo bastante extenuante. Su agenda vacacional no fue compleja, pues solo se limitó a estar en las cantinas del municipio con sus amigos. Sin embargo, en aquella “parranda” del 20 de enero, Juan Cruz Muñoz bebió como si jamás lo fuera a volver a hacer.

Antes de salir de salir de su casa, Juan Cruz se había alistado de la forma más ostentosa posible. Se bañó, se puso aquella camisa amarilla que recién acababa de comprar, se colgó aquel escapulario café, se hizo entrar en aquellos pantalones Wrangler, sus botas de avestruz en cada uno de sus pies y, por último, se untó en todo su cuello aquella fragancia de catálogo que le había comprado a la vecina. Sin embargo, y por alguna razón que hasta él desconocía, decidió fajarse en sus pantalones aquel revólver calibre 38 especial, mismo que había utilizado en no pocas ocasiones para restablecer el orden y la paz.

La noche había sido larga, pues al principio había llegado al bar “El siete Leguas” mismo en el que duró considerable rato bebiendo; después, y ya medio mareado, llegó a “Las Palmeras”, ahí no solo había consumido alcohol sino también los besos de una mujer que trabajaba ahí y de la cual ni se tomó la molestia de preguntarle su nombre. Estando ya completamente ebrio, Juan Cruz logró trasladarse al bar “La última copa” y, por muy extraño que suene, si lo sería, al menos para él.

Foto: Cortesía / INAH


Al cruzar las puertas del bar, pudo percatarse que la afluencia era poca, pues ya era tarde y la mayoría de los catarrines ya se habían marchado a sus hogares, a excepción de 2 o 3, que se encontraban recostados en sus respectivas mesas ahogados en alcohol. Tras un constante vaivén, Juan Cruz logró sentarse en la barra. Ahí se hallaban Manuel Jurado Alcorta, el encargado de mantener abastecidos a todos los clientes, y el dueño del bar, Arturo Romo González, quien era amigo de Juan.

Arturo, al momento de ver en qué condición venía Juan, le extendió la mano y no pudo evitar burlarse de su estado, a lo que este último solo balbuceo algo que ni el mismo se entendió. Pasado el rato, Juan Cruz pidió un vaso de vino, y al terminarlo, le hizo saber al señor Arturo -dueño del bar- que traía con él una pistola, y que, si a él se le antojaba, podía disparar los únicos 3 cartuchos que traía cargados y acabar con la vida tanto de Arturo Romo como con la de Manuel. Al momento de escuchar esto, Arturo exigió a Juan que se fuera, a lo que este último sacó el arma de fuego y le metió 3 tiros en la cabeza acabando con la vida del dueño del bar.

Al poco tiempo de que Juan le disparó a Arturo, Manuel, el encargado de la barra, se abalanzó sobre el asesino, y este, al caer al piso, quedó en un profundo sueño. A las horas, Juan Cruz despierta con un terrible dolor de cabeza, y sin esperarlo, se encontraba en los separos de la comandancia. Confundido, empieza a preguntar a los guardias la razón de su encierro, pero estos no le contestaron. No fue hasta que llegó el ministerio público que lo puso al corriente del homicidio, y lo único que respondía Juan Cruz era que no se acordaba de nada y que siempre que tomaba solía perder el control. Tristemente no sabemos su condena, ya que el expediente no está completo, pero de lo que estamos seguros, es que esa fue su última copa.

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