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Nélida: la refugiada que construye paz en la CDMX

  • Margarita Solano
  • en México

#PeriodismodePaz

 

El destierro

 

A un cuarto para la media noche, el silencio es embestido por varios golpes a la puerta en un poblado cercano a las montañas de Colombia. Son golpes secos, recios, con la certeza de poder tumbar el armazón. Nélida salta de la cama. La siguen sus padres y tres hermanos varones. Su hermana es la última en despertar.

La familia Herrera permanece inmóvil detrás de la puerta, las gallinas en el patio de tierra no dejan de revolotear. La puerta cede forzada por el filo de hachas putrefactas. Las manos que las portan están dispuestas a todo y dan paso a unos ojos y una boca que lanzan una pregunta.

—¿Quién es Hipólito? —pregunta un hombre que como bienvenida cubría su rostro con pasamontañas.

—¿Que quién es Hipólito? —esta vez grita.

Las hachas apuntan el rostro de la familia Herrera. Raumir, el menor de los varones se anima a contestar, “todos somos Hipólito”.

—Entonces todos a la camioneta — la voz seca, la orden dada.

Raumir ‘el valiente’ de los Herrera avanzó primero. Le siguieron Hipólito, Rafael y el papá de los muchachos. Nélida atravesó la puerta destrozada donde 11 camionetas amarillas se habían formado en caravana; la segunda abrió camino con los varones de su vida montados ahí.

Es una noche larga de 1996 en Mariangola, Cesar, en Colombia. Aquí la mayoría de la gente es campesina, trabaja la tierra para producir aguacate, frutas y verduras. Así sobreviven a dos climas adversos: el de un sol que arde a 33 grados y el pleito cazado entre guerrilleros que merodean las montañas y los grupos paramilitares que quieren capturarlos, desterrarlos para siempre.

Faltan 13 minutos para la media noche.

 

LA HUÍDA

Nélida es una mujer de un metro con 60 centímetros y caderas que bailan al caminar en contraste con un rostro marcado por el trabajo. Motivada por el Proceso de Paz que se lleva a cabo en Colombia, su tierra natal, desempolva sus archivos y rebobina los recuerdos tras dos décadas de exilio en la Ciudad de México.

La fotocopia de la portada de El Heraldo de Barranquilla del 26 de noviembre de 1996 domina la conversación. La plasta de polvo de tóner hace la fotografía indescifrable pero a la par de la explicación, la imagen toma la forma de un dolor enclaustrado con ayuda del exilio.

“Mi papá tiene un orificio en la frente, no se le ve maltrato, su ropa está intacta. Mi hermano Raumir tiene un hueso del brazo levantado. Rafael tiene una venda en la cabeza, le han destrozado el cráneo y el estómago”, explica la sobreviviente con ayuda del índice.

Nélida cuenta cómo hace 20 años el Ejército colombiano llega a Maríangola, Algarrobo y otros municipios del Cesar de Colombia. La razón se encuentra en las montañas de cara a varios caseríos que se convirtieron en el refugio de un frente de la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

Por las mañanas, los rebeldes solían desayunar en fondas del poblado, compartían con familias, jugaban fútbol con los más chicos. Entonces los paramilitares se dejaron ver en la región bajo la bandera de `limpiar´ los poblados de la guerrilla.

“Si asesinaron a mis hermanos sin ser guerrilleros, nuestras vidas corrían peligro”, asegura con la vista en el suelo. Tras la masacre, la madre y hermana de Nélida optan por huir a Barranquilla. Allá cuentan con el apoyo de un tío que promete ayudarlas para empezar de cero.

Sin saberlo, Nélida y sus cinco hijos menores -tan seguidos uno del otro como las letras del alfabeto- comienzan a esbozar una vida nómada y a construir su propio retrato de una familia colombiana que jamás se volvería a reunificar.

“Primero fuimos a Cartagena, estuvimos una semana en un albergue. Mi hija de cuatro años comenzó a vomitar, después con fiebre, se puso muy mal. Yo allá no conocía a nadien (sic), salí con ella cargada desesperada buscando la Cruz Roja. La niña tenía el estómago lleno de parásitos”. Nélida toma aire, enmudece.

El relato nos guía a un rostro desencajado, sandalias a medio reventar y una niña de cuatro años en brazos. La trabajadora de la Cruz Roja pregunta el motivo de la consulta. Tras relatar  que sus hermanos  acaban de ser asesinados a manos de las Autodefensas Unidas de Colombia, la historia de los parásitos viviendo en el estómago de su hija quedó relegada.

Al día siguiente, Nélida fue evacuada de Colombia rumbo Costa Rica y luego a México con el status de refugiada. Fue su primera vez en un avión. Su rumbo era un país desconocido huyendo de una violencia que no entendía.

 

LA DESPEDIDA

A las seis de la mañana, Nélida habla con los militares que resguardan el caserío de Mariangola.

—¿Pero cómo pueden no haber visto nada si en un pueblo de dos calles que pasen 11 camionetas amarillas es tan evidente? — los soldados aseguran desconocer el paradero de los Herrera.

Ese frío noviembre de 1996 sopla de la montaña un viento helado trayendo a cuestas el presagio de la muerte. Un equipo de búsqueda conformado por amigos y lugareños trabaja desde la noche anterior.

—Nélida al pie de la carretera, aquí…. a las afueras— gritó bajando la montaña un voluntario apuntando a la carretera que divide Maríangola de la nada.

Las piernas de Nélida, temblorosas al caminar, llegan al destino: una acequia por donde se conduce el agua para riego. El canal lleva con él los cuerpos atormentados de su papá, hermanos y otros campesinos sobre cuyas esposas desconsoladas se abalanzan en un abrazo eterno.

El llanto incesante de una madre acompaña la huida de Maríangola en la camioneta donde hasta ayer vendían aguacate. La casa de patio grande, las gallinas todavía inquietas, la puerta violentada. Las recámaras completas, la cocina y los trastes de la última cena, quedaron en el ayer.

Ése sábado sobreviven a la masacre las tres mujeres de la casa: Nélida, su mamá y la hermana de 15 años. Entre las tres montan los cuerpos donde antes iban las verduras cosechadas, llenan mochilas con la ropa que cupo y juran jamás regresar. Nélida opta por cerrar los ojos. Su mente se enfoca en ese aire que recorre la espalda al tener a cuestas a sus hermanos muertos.

 

EL SABOR DEL EXILIO.

La Unidad Residencial Vasco de Quiroga de la Ciudad de México bien podría ser vista como una favela en Brasil o una Villa en Argentina. Aquí el agua se va antes de salir el sol y víctimas de secuestro salen en las noticias. Es caserío de techos humildes se levanta sobre un cerro. Son 39 edificios enrejados y los barandales sirven de tendedero de camisas, pantalones y ropa interior. En uno de ellos vive Nélida, que en este 2017 cumple 20 años refugiada en la Ciudad de México.

México se ha convertido en el abrigo de aproximadamente 600 refugiados en los últimos años, según cifras oficiales de ACNUR, llegan hondureños, guatemaltecos, Centroamericanos, mayoritariamente. Aunque también hay turcos, niños del Congo, uno que otro ruso y colombianos, muchos colombianos.  A diferencia del migrante que puede regresar en cualquier momento a su lugar de origen, el refugiado no, podría morir en el intento.

Nélida llegó a México con una mano adelante y otra atrás. Primeriza en todo: montarse en un avión, salir de Colombia, crear un negocio. Al principio, la ayuda ACNUR, la oficina que atiende a los refutados en México, le dio hospedaje por varios meses en un hotel del centro de la Ciudad de México. Allí recibió comida y el estatus de refugiada que le permitió estar legal en su nuevo hogar. Los primeros pesos mexicanos los ganó de preparar dulces y comida típica colombiana, después vendiendo bisutería en un tianguis dominical y desde hace más de siete años, dedica sus horas libres a dar talleres a jóvenes mexicanos en situación vulnerable.

Dice que no quiere que los muchachos terminen en las drogas ni inmiscuidos con las pandillas. Quiere que huyan de la violencia sin verse en la necesidad de tener que abandonar su patria ni su familia, como le pasó a ella.

Es sábado y en un patio de la Vasco de Quiroga Nélida extiende cinco cartulinas en la pared y pide  a sus alumnos que escriban palabras relacionadas con la paz. Los muchachos conversan, ríen, escapan de su

entorno.

Cada mes, recibe un apoyo del Instituto de la Juventud de la Ciudad de México como retribución a su trabajo con los jóvenes. Para completar los gastos de manutención de una familia con cinco hijos, vende aretes, pulseras y collares colombianos en el mercado popular que se pone los domingos.

Entre finales de los años 80 y principios de los 90, la guerra en Colombia entre narcotráfico, guerrilla y grupos paramilitares, expulsó del país a cuatro millones de colombianos como Nélida. La colombiana se ha convertido en un referente para muchos refugiados que arriban a la Ciudad de México exiliados por la  guerra de sus países. Además de dar charlas y talleres a jóvenes vulnerables, Nélida integra un grupo de teatro con otras refugiadas centroamericanas para explicar las razones del exilio.

Los cinco hijos que trajo a México ya crecieron. Todos con acento mexicano, uno con vocación de servicio como su madre. Trabaja en una oficia que apoya refugiados en Saltillo, Coahuila, y estudia una licenciatura en relaciones internacionales. Todos con ganas de volver a Colombia, el país que los expulsó y que hoy comienza abrir espacios para recibir a los que huyeron por la guerra.

En el piso del apartamento de no más de 40 metros donde vive Nélida y sus hijos, hay una tela negra, bisutería y un molino de acero inoxidable donde hace arepas colombianas con maíz trillado, una especie de gorditas de maíz blanco con queso “así como las hacía en Colombia en casa de mi mamá”, suelta una franca sonrisa.

Recibe un obsequio a la hora del desayuno: una bolsa colorida que trae en su interior la remembranza por Colombia. Un paquete con seis arepas originales rellenas de queso y cuatro envases de una bebida que llaman Pony Malta. Son las ocho de la mañana y el desayuno está servido. Un banquete que lleva años sin disfrutar, que sabe a todo menos a exilio.

—Esteban ven a ver esto— le grita Nélida a uno de sus hijos.

El adolescente al igual que sus hermanos, no recuerda nada de Colombia: huyeron a los cinco años.

 —¿De qué es mamá? sostiene la botella café y etiqueta roja.

 —Es de cebada hijo, es  como nuestra cerveza colombiana.

 Esteban prueba la Pony Malta intentando descubrir su sabor.

—Sabe rica mamá, me gusta… creo que sabe a Colombia.

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