/ martes 3 de septiembre de 2019

Paseo dominical en el tiradero “de la PRI”; tradicional tianguis

Lonas, mesas y puestos que toman forma en un caos de color y ruidos matinales

Son las 5:00 de la mañana y decenas de personas han comenzado su jornada a pesar de ser domingo. Las lonas, mesas y estructuras de metal van dándole forma a los puestos que toman su lugar dentro de un caos de color y ruidos matutinos.

Es la colonia PRI ubicada en la salida de la ciudad rumbo a Santa Bárbara, que despierta más temprano que el resto de la “capital del mundo” los sábados y domingos. Algunos le dan el nombre de bazar, tiradero o tianguis; es lo de menos. Al final la mayoría se refieren al paseo dominical como “La PRI”. A secas.

Una hora más tarde la mayoría de los locales informales y hechizos ya están acomodados. La vendimia comienza con los primeros visitantes; para las 9:00 de la mañana todo ha cobrado vida.

Dicen los marchantes asiduos que, para hacer el recorrido completo por todo el tianguis – o al menos por la mayor parte-, se debe comenzar por la calle 2 Repúblicas. Ahí algunos jueguitos en medio de la tierra y arbustos dan la bienvenida a quienes, de entrada, se encuentran con camionetas pick up con la caja abierta. Ropa y juguetes es lo que más se halla sobre las trocas que hacen las veces de aparador.

“Lléveselo barato”, es la frase favorita de los vendedores. “Los zapatos son talla 5”, le aclaran a una joven que revisa un par de tacones en color rojo, los deja en su lugar y sigue su camino. Un niño de unos cinco años se aferra a unos carritos de madera mientras su mamá lo jala por el cuello de la playera.

Más adelante en otro puesto lleno de herramientas, los taladros, sierras, pinzas, llaves y desarmadores, congregan a buena cantidad de señores que sin agacharse buscan un espacio para poder ver los artículos. Hay silencio; uno se pone en cuclillas para agarrar un compresor, lo levanta y lo mira fijamente, le da vueltas, de un lado a otro, de arriba abajo. ¿Cuánto, jefe?, se anima a preguntar, le dan el precio y entonces nace una de las principales virtudes de la venta informal: El regateo. Luego de dar una sutil cátedra sobre el tema a los presentes, el costo disminuyó en cien pesos, lo que motivó a los demás a ver de cerca la mercancía.

El camino lo va marcando la misma gente que avanza. La noche fue lluviosa así que hay que sortear algunos charcos que quedaron como espejos del cielo. Aún lejos de los domos, la zona de la calle y a pleno sol es llenada por personas que bien pueden traer mercancía ‘americana’ de segunda mano; tal vez quienes limpiaron sus cuartos de ‘tiliches’ y armarios, incluso, aquellos que tienen oficios como talabarteros, herreros o son artesanos y ofrecen su trabajo.

De repente unas niñas pasan corriendo. Unas ‘sillas voladoras’ son el motivo. El motor es un señor que le da vueltas a una manivela que está colocada al centro sobre el techo que recuerda a las lonas de los circos. Con todo y que el paseo no dura más de diez minutos, los papás esperan pacientes para que los más pequeños tengan la experiencia completa del recorrido.

Música en la calle. Rejillas de metal erigen el exhibidor de discos piratas que son detenidos con broches para la ropa. Aquí uno se entera si realmente Christian Nodal vende más que Gloria Trevi, que Los Acosta y Banda El Mexicano revivieron y ahora se escucha “Ramito de Violetas” como si fuera la década de los noventa. Los sonidos se van perdiendo entre el bullicio de la gente conforme se aleja de las bocinas.

Mesas con sombreros donde la etiqueta que aún conservan indica que su precio original es de 50 dólares, aquí se cotiza en 30 pesos. Maquillaje a una cuarta parte de su valor comercial en tiendas departamentales; ropa de ‘paca’ que viene de Estados Unidos, la hay usada en buenas condiciones y la que es nueva.

Algunos visitantes de ‘La PRI’ se visten con marcas como Calvin Klein, Ralph Lauren, Mossimo y Guess. Muchos, ahí mismo se la prueban, o como dicen, ‘al tanteo’ se llevan la prenda. Aseguran que luego de comprar aún les queda para el almuerzo, incluso después de pasar a buscar algún bolso Nine West o Estée Lauder.

¿Qué más puedo encontrar?, se preguntarán los que aún no visitan el tianguis parralense.

Filas esperando un corte de cabello es algo que uno ni siquiera imagina toparse y, sin embargo, están ahí. El sonido de las tijeras trabajando a toda prisa mientras la plática casual transcurre es parte de los fines de semana.

Los vendedores de plantas aguardan con calma a que los amantes de la botánica hagan alto y pregunten por los rosales o por el color específico de un geranio. Los más conocedores se acercan para saber cuándo llegará el aloe vera o las orquídeas.

También hay cabida para los que ofrecen a los marchantes sus remedios naturales. Una lona cubre del sol las plantas medicinales que están empaquetadas en bolsitas de plástico. El yerbaniz es para la gripa, dice el señor que vigila las hierbas secas mientras se acomoda el sombrero vaquero. Tenemos ‘gobernadora’ para las piedras en los riñones; ahí a un ladito está el ‘guachichile’, ese le sirve para la fiebre y el vómito, explica a unas jóvenes tarahumaras que buscan con la vista alguna medicina que recomendó la abuela.

Ha pasado poco más de una hora de caminata, que bajo el sol se siente como si fuera el doble de tiempo. Y entonces, el viento comienza a correr entre la loma y los puestos; aquí es donde los olores de la comida se avivan y toca buscar un lugar entre las sillas de plástico.

Dicen los que saben que para comer en la calle hay que fiarse de las masas. Ahí donde veas que todas las mesas están ocupadas y además la gente hace ‘cola’, ese es el lugar indicado.

Gorditas, burritos, carnitas, chicharrones, la tradicional barbacoa, garnachas, pollo frito, elotes, mariscos, tacos de papa, enchiladas, tortas e incluso pescado frito que hierve en los cazos llenos de aceite… La oferta gastronómica más grande de Parral se encuentra en la colonia PRI durante los fines de semana.

En lo que uno se pierde buscando el aroma indicado, ese que entra desde la nariz y llega al estómago, se puede ver a aquellos que con destreza preparan los alimentos y los acomodan de manera artesanal en los platos de plástico para después llevarlos a las mesas acomodadas a modo de restaurancito callejero bajo las mallasombras que atenúan un poco lo caliente del sol.

Una familia de cuatro se decidió por el menudo, el platillo norteño caldoso hecho del estómago de la vaca y nixtamal, cocinado en enormes ollas durante horas. Mientras ocupan sus lugares, acomodan sus bolsas de plástico en el suelo y una joven con un delantal blanco se acerca a limpiar la mesa mientras les pregunta ‘¿Cuántos les traigo?’; el padre de familia se apresura a contestar: ‘Que sean cuatro, dos chicos y dos grandes’. Queda la espera de no más de 10 minutos para que los platos humeantes sean acomodados en sus respectivos sitios y puedan ser preparados con orégano, limón, cebolla picada, salsa roja y el clásico pan blanco. La mesa quedó servida.

Para los que van desayunados queda la opción de las aguas frescas o algún antojito rápido. Las campanitas de un carrito de nieve y unos niños corriendo tras de él forman la estampa perfecta. Cinco pesitos por un cono, avisa el heladero, un señor de más de 60 años que con las manos curtidas por el sol y el trabajo quita la tapadera y comienza a formar una bola de vainilla con la cuchara de metal.

Después de la asoleada sigue la parte fácil, se podría decir. Los que madrugan más alcanzan un lugar a la sombra debajo de los ocho domos que fueron construidos para ser originalmente el espacio que ocuparía el tianguis, claramente fue rebasado.

Los marchantes se van perdiendo entre las vajillas, las botas, la ropa; las tazas que se venden en diez pesos. En un espacio pequeño está una mujer acompañada por sus hijos que se dedica a vender quesos; más adelante un señor que tiene cazos de cobre acomodados por tamaño, ahí mismo uno encuentra juegos de mesa, sombreros de paja, carritos de madera e incluso una que otra revista de Condorito.

El mercado sobre ruedas ofrece sus bondades no solo a los habitantes de Parral. Se ve gente de Jiménez, Santa y El Oro, que cada semana acuden a vender o comprar.

Es un lugar de encuentro. En la marcha uno se topa a los amigos, a los compadres; se levantan manos saludando entre las miradas cómplices que anuncian que se cumplió con la cita semanal.

El doctor, el albañil, el arquitecto, la costurera, el panadero, los obreros y los estudiantes tienen el lugar en común donde todos regatean. Donde las gorditas y los burritos son el manjar; donde las mujeres se reúnen alrededor de mesas llenas de ropa buscando la talla exacta de los más pequeños de la casa. Cada fin de semana la colonia PRI despierta más temprano que el resto de la “capital del mundo”.

Son las 5:00 de la mañana y decenas de personas han comenzado su jornada a pesar de ser domingo. Las lonas, mesas y estructuras de metal van dándole forma a los puestos que toman su lugar dentro de un caos de color y ruidos matutinos.

Es la colonia PRI ubicada en la salida de la ciudad rumbo a Santa Bárbara, que despierta más temprano que el resto de la “capital del mundo” los sábados y domingos. Algunos le dan el nombre de bazar, tiradero o tianguis; es lo de menos. Al final la mayoría se refieren al paseo dominical como “La PRI”. A secas.

Una hora más tarde la mayoría de los locales informales y hechizos ya están acomodados. La vendimia comienza con los primeros visitantes; para las 9:00 de la mañana todo ha cobrado vida.

Dicen los marchantes asiduos que, para hacer el recorrido completo por todo el tianguis – o al menos por la mayor parte-, se debe comenzar por la calle 2 Repúblicas. Ahí algunos jueguitos en medio de la tierra y arbustos dan la bienvenida a quienes, de entrada, se encuentran con camionetas pick up con la caja abierta. Ropa y juguetes es lo que más se halla sobre las trocas que hacen las veces de aparador.

“Lléveselo barato”, es la frase favorita de los vendedores. “Los zapatos son talla 5”, le aclaran a una joven que revisa un par de tacones en color rojo, los deja en su lugar y sigue su camino. Un niño de unos cinco años se aferra a unos carritos de madera mientras su mamá lo jala por el cuello de la playera.

Más adelante en otro puesto lleno de herramientas, los taladros, sierras, pinzas, llaves y desarmadores, congregan a buena cantidad de señores que sin agacharse buscan un espacio para poder ver los artículos. Hay silencio; uno se pone en cuclillas para agarrar un compresor, lo levanta y lo mira fijamente, le da vueltas, de un lado a otro, de arriba abajo. ¿Cuánto, jefe?, se anima a preguntar, le dan el precio y entonces nace una de las principales virtudes de la venta informal: El regateo. Luego de dar una sutil cátedra sobre el tema a los presentes, el costo disminuyó en cien pesos, lo que motivó a los demás a ver de cerca la mercancía.

El camino lo va marcando la misma gente que avanza. La noche fue lluviosa así que hay que sortear algunos charcos que quedaron como espejos del cielo. Aún lejos de los domos, la zona de la calle y a pleno sol es llenada por personas que bien pueden traer mercancía ‘americana’ de segunda mano; tal vez quienes limpiaron sus cuartos de ‘tiliches’ y armarios, incluso, aquellos que tienen oficios como talabarteros, herreros o son artesanos y ofrecen su trabajo.

De repente unas niñas pasan corriendo. Unas ‘sillas voladoras’ son el motivo. El motor es un señor que le da vueltas a una manivela que está colocada al centro sobre el techo que recuerda a las lonas de los circos. Con todo y que el paseo no dura más de diez minutos, los papás esperan pacientes para que los más pequeños tengan la experiencia completa del recorrido.

Música en la calle. Rejillas de metal erigen el exhibidor de discos piratas que son detenidos con broches para la ropa. Aquí uno se entera si realmente Christian Nodal vende más que Gloria Trevi, que Los Acosta y Banda El Mexicano revivieron y ahora se escucha “Ramito de Violetas” como si fuera la década de los noventa. Los sonidos se van perdiendo entre el bullicio de la gente conforme se aleja de las bocinas.

Mesas con sombreros donde la etiqueta que aún conservan indica que su precio original es de 50 dólares, aquí se cotiza en 30 pesos. Maquillaje a una cuarta parte de su valor comercial en tiendas departamentales; ropa de ‘paca’ que viene de Estados Unidos, la hay usada en buenas condiciones y la que es nueva.

Algunos visitantes de ‘La PRI’ se visten con marcas como Calvin Klein, Ralph Lauren, Mossimo y Guess. Muchos, ahí mismo se la prueban, o como dicen, ‘al tanteo’ se llevan la prenda. Aseguran que luego de comprar aún les queda para el almuerzo, incluso después de pasar a buscar algún bolso Nine West o Estée Lauder.

¿Qué más puedo encontrar?, se preguntarán los que aún no visitan el tianguis parralense.

Filas esperando un corte de cabello es algo que uno ni siquiera imagina toparse y, sin embargo, están ahí. El sonido de las tijeras trabajando a toda prisa mientras la plática casual transcurre es parte de los fines de semana.

Los vendedores de plantas aguardan con calma a que los amantes de la botánica hagan alto y pregunten por los rosales o por el color específico de un geranio. Los más conocedores se acercan para saber cuándo llegará el aloe vera o las orquídeas.

También hay cabida para los que ofrecen a los marchantes sus remedios naturales. Una lona cubre del sol las plantas medicinales que están empaquetadas en bolsitas de plástico. El yerbaniz es para la gripa, dice el señor que vigila las hierbas secas mientras se acomoda el sombrero vaquero. Tenemos ‘gobernadora’ para las piedras en los riñones; ahí a un ladito está el ‘guachichile’, ese le sirve para la fiebre y el vómito, explica a unas jóvenes tarahumaras que buscan con la vista alguna medicina que recomendó la abuela.

Ha pasado poco más de una hora de caminata, que bajo el sol se siente como si fuera el doble de tiempo. Y entonces, el viento comienza a correr entre la loma y los puestos; aquí es donde los olores de la comida se avivan y toca buscar un lugar entre las sillas de plástico.

Dicen los que saben que para comer en la calle hay que fiarse de las masas. Ahí donde veas que todas las mesas están ocupadas y además la gente hace ‘cola’, ese es el lugar indicado.

Gorditas, burritos, carnitas, chicharrones, la tradicional barbacoa, garnachas, pollo frito, elotes, mariscos, tacos de papa, enchiladas, tortas e incluso pescado frito que hierve en los cazos llenos de aceite… La oferta gastronómica más grande de Parral se encuentra en la colonia PRI durante los fines de semana.

En lo que uno se pierde buscando el aroma indicado, ese que entra desde la nariz y llega al estómago, se puede ver a aquellos que con destreza preparan los alimentos y los acomodan de manera artesanal en los platos de plástico para después llevarlos a las mesas acomodadas a modo de restaurancito callejero bajo las mallasombras que atenúan un poco lo caliente del sol.

Una familia de cuatro se decidió por el menudo, el platillo norteño caldoso hecho del estómago de la vaca y nixtamal, cocinado en enormes ollas durante horas. Mientras ocupan sus lugares, acomodan sus bolsas de plástico en el suelo y una joven con un delantal blanco se acerca a limpiar la mesa mientras les pregunta ‘¿Cuántos les traigo?’; el padre de familia se apresura a contestar: ‘Que sean cuatro, dos chicos y dos grandes’. Queda la espera de no más de 10 minutos para que los platos humeantes sean acomodados en sus respectivos sitios y puedan ser preparados con orégano, limón, cebolla picada, salsa roja y el clásico pan blanco. La mesa quedó servida.

Para los que van desayunados queda la opción de las aguas frescas o algún antojito rápido. Las campanitas de un carrito de nieve y unos niños corriendo tras de él forman la estampa perfecta. Cinco pesitos por un cono, avisa el heladero, un señor de más de 60 años que con las manos curtidas por el sol y el trabajo quita la tapadera y comienza a formar una bola de vainilla con la cuchara de metal.

Después de la asoleada sigue la parte fácil, se podría decir. Los que madrugan más alcanzan un lugar a la sombra debajo de los ocho domos que fueron construidos para ser originalmente el espacio que ocuparía el tianguis, claramente fue rebasado.

Los marchantes se van perdiendo entre las vajillas, las botas, la ropa; las tazas que se venden en diez pesos. En un espacio pequeño está una mujer acompañada por sus hijos que se dedica a vender quesos; más adelante un señor que tiene cazos de cobre acomodados por tamaño, ahí mismo uno encuentra juegos de mesa, sombreros de paja, carritos de madera e incluso una que otra revista de Condorito.

El mercado sobre ruedas ofrece sus bondades no solo a los habitantes de Parral. Se ve gente de Jiménez, Santa y El Oro, que cada semana acuden a vender o comprar.

Es un lugar de encuentro. En la marcha uno se topa a los amigos, a los compadres; se levantan manos saludando entre las miradas cómplices que anuncian que se cumplió con la cita semanal.

El doctor, el albañil, el arquitecto, la costurera, el panadero, los obreros y los estudiantes tienen el lugar en común donde todos regatean. Donde las gorditas y los burritos son el manjar; donde las mujeres se reúnen alrededor de mesas llenas de ropa buscando la talla exacta de los más pequeños de la casa. Cada fin de semana la colonia PRI despierta más temprano que el resto de la “capital del mundo”.

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