/ jueves 2 de abril de 2020

Desolación en la Tarahumara; daño colateral del Covid-19

Puede apreciarse “huella” del Coronavirus conforme se avanza en la Baja Tarahumara, hasta llegar a la desolación, en Urique

Un pueblo sin luces de vida, poblado de gente que no se ve, murmullos lejanos y el rutinario sonido del aire sólo roto por un cuervo que pasa graznando. No es la descripción de Comala, sino de Urique y sus escenarios casi distópicos, punto final de un recorrido que va mostrando los estragos del coronavirus en varias comunidades serranas.

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Como si se tratara de los círculos descritos por Dante en su Divina Comedia, hay un cierto paralelismo en el descenso hacia aquella población, enclavada en la zona de los cañones chihuahuenses: conforme se avanza, los escenarios empeoran, hasta llegar al desolador panorama ya descrito.

En Bocoyna puede quedar cierta duda si la inactividad (o tranquilidad) se debe a la temprana hora del trayecto, pero en Creel ya se pueden apreciar aspectos que permitirán establecer los contrastes en el destino final.

Por un lado, los comercios y los recintos administrados por el Estado permanecen cerrados. Lo mismo que la taquilla en la estación del Chepe, donde el tren no corre desde el sábado pasado, no obstante que, de acuerdo con las nuevas disposiciones, debió haber el martes, y hoy. Dos lugareños tristes, sentados y tristeando sobre el andén, confirman la ausencia del ferrocarril.

Por el otro, aquí nadie parece conocer a “Susana Distancia”. La plaza sigue con sus asistentes asiduos, y la única sucursal bancaria, en plena quincena, luce más atestada que cualquier unidad de la Ruta Troncal antes de la Fase Dos. Pese a la restricción, en algunos restaurantes sigue habiendo servicio de comedor.

El contraste es evidente entre la presidencia seccional del lugar y sus iglesias, tan concurrida aquella como solitarias éstas. Empero, el también conocido como “Lugar de ranas” es una mera escala en este viaje hacia la distopía.

La verdadera disparidad de escenarios viene luego de bajar cuatro horas por terracería desde San Rafael hasta Urique. Entonces, las desoladas iglesias de Creel son alegres comparadas con cualquier casa de aquella comunidad.

Es, literal, un pueblo fantasma, donde como daño colateral del Covid-19, el miedo, y no la obediencia de protocolos, se apoderó de sus habitantes y optaron por encerrarse los propios y despachar a los extraños.

El peculiar éxodo comenzó con empleados del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) y varios empleados de empresas establecidas allá. Dejaron pasar a los pocos paisanos que alcanzaron a llegar, y aun así se les quedaron viendo feo, por provenir de una nación con más de 100 mil infectados. Hace días se sabe que nadie ya es bienvenido y casi nadie sale de sus casas, si no es que para algo de vida o muerte.

Las imágenes hablan por sí solas. La atmósfera que se capta, si no es de la ultratumba sugerida en la inmortal obra de Rulfo (Pedro Páramo), sí es de ultramundo -otro mundo irreal y fantástico- y de cierta atemporalidad.

Calles vacías, apenas animadas por la presencia de un perro seguramente mostrenco y algún pajarillo que se anima a cantar a lo lejos. Ni un solo vehículo circula, lo cual hace el ambiente más sórdido y asfixiante.

Sí, obedeciendo las medidas sanitarias, la iglesia de Nuestra Señora de Monserrat permanece abierta, pero nadie se anima a ir a rezar (deporte casi universal, hay que decirlo). También la clínica y un estanquillo del lugar están a disposición de la gente, pero en apariencia nadie se atreve a salir de casa. Si tan sólo el resto del estado hubiese replicado esa práctica, otro gallo cantaría en estos momentos.

En la modesta tienda de abarrotes, toda proporción guardada, se siguen reglas similares a las de los supermercados citadinos. Hay que pedir las cosas de lejecitos, pero la cámara nada capta al respecto porque esa especie de toque de queda autoimpuesto se obedece a rajatabla.

Hablando de distancia, quienes sí se tomaron muy en serio a “Susana” fueron los funcionarios públicos. Tanto en las sedes de Recaudación de Rentas como Presidencia Municipal, hay sendos avisos, cual si fueran sellos de clausura, donde sucintamente se informa (a quien se atreva a ir a leerlos) que las oficinas permanecerán cerradas por la contingencia.

Además, en el papel hay una relación de nombres y teléfonos de burócratas encabezados por la alcadesa Mayra Díaz, quienes se tomaron muy en serio lo del “home office” y prefirieron trabajar “a control remoto” desde la comodidad de sus casas, como diciendo “del coronavirus y del sol…” Como dato curioso, el lema de la administración municipal es “Trabajando unidos”. No tanto, según se ve.

Es hora de dejar el pueblo para que la noche no sorprenda en las de por sí inseguras (por otras razones) carreteras de la región. La subida pinta para hacer más de las cuatro horas de bajada, y atrás se va quedado un pueblo en el que el miedo a la pandemia parece estar impreso en el pensamiento de sus pobladores.

En todas las esquinas, en todos los rincones, pero sobre todo en la falta de acción, se percibe ese temor. Urique es un pueblo fantasma poblado, un lugar más allá del espacio y el tiempo, en un estado de abandono que termina, como Comala para Rulfo, en nada.

Un pueblo sin luces de vida, poblado de gente que no se ve, murmullos lejanos y el rutinario sonido del aire sólo roto por un cuervo que pasa graznando. No es la descripción de Comala, sino de Urique y sus escenarios casi distópicos, punto final de un recorrido que va mostrando los estragos del coronavirus en varias comunidades serranas.

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Como si se tratara de los círculos descritos por Dante en su Divina Comedia, hay un cierto paralelismo en el descenso hacia aquella población, enclavada en la zona de los cañones chihuahuenses: conforme se avanza, los escenarios empeoran, hasta llegar al desolador panorama ya descrito.

En Bocoyna puede quedar cierta duda si la inactividad (o tranquilidad) se debe a la temprana hora del trayecto, pero en Creel ya se pueden apreciar aspectos que permitirán establecer los contrastes en el destino final.

Por un lado, los comercios y los recintos administrados por el Estado permanecen cerrados. Lo mismo que la taquilla en la estación del Chepe, donde el tren no corre desde el sábado pasado, no obstante que, de acuerdo con las nuevas disposiciones, debió haber el martes, y hoy. Dos lugareños tristes, sentados y tristeando sobre el andén, confirman la ausencia del ferrocarril.

Por el otro, aquí nadie parece conocer a “Susana Distancia”. La plaza sigue con sus asistentes asiduos, y la única sucursal bancaria, en plena quincena, luce más atestada que cualquier unidad de la Ruta Troncal antes de la Fase Dos. Pese a la restricción, en algunos restaurantes sigue habiendo servicio de comedor.

El contraste es evidente entre la presidencia seccional del lugar y sus iglesias, tan concurrida aquella como solitarias éstas. Empero, el también conocido como “Lugar de ranas” es una mera escala en este viaje hacia la distopía.

La verdadera disparidad de escenarios viene luego de bajar cuatro horas por terracería desde San Rafael hasta Urique. Entonces, las desoladas iglesias de Creel son alegres comparadas con cualquier casa de aquella comunidad.

Es, literal, un pueblo fantasma, donde como daño colateral del Covid-19, el miedo, y no la obediencia de protocolos, se apoderó de sus habitantes y optaron por encerrarse los propios y despachar a los extraños.

El peculiar éxodo comenzó con empleados del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) y varios empleados de empresas establecidas allá. Dejaron pasar a los pocos paisanos que alcanzaron a llegar, y aun así se les quedaron viendo feo, por provenir de una nación con más de 100 mil infectados. Hace días se sabe que nadie ya es bienvenido y casi nadie sale de sus casas, si no es que para algo de vida o muerte.

Las imágenes hablan por sí solas. La atmósfera que se capta, si no es de la ultratumba sugerida en la inmortal obra de Rulfo (Pedro Páramo), sí es de ultramundo -otro mundo irreal y fantástico- y de cierta atemporalidad.

Calles vacías, apenas animadas por la presencia de un perro seguramente mostrenco y algún pajarillo que se anima a cantar a lo lejos. Ni un solo vehículo circula, lo cual hace el ambiente más sórdido y asfixiante.

Sí, obedeciendo las medidas sanitarias, la iglesia de Nuestra Señora de Monserrat permanece abierta, pero nadie se anima a ir a rezar (deporte casi universal, hay que decirlo). También la clínica y un estanquillo del lugar están a disposición de la gente, pero en apariencia nadie se atreve a salir de casa. Si tan sólo el resto del estado hubiese replicado esa práctica, otro gallo cantaría en estos momentos.

En la modesta tienda de abarrotes, toda proporción guardada, se siguen reglas similares a las de los supermercados citadinos. Hay que pedir las cosas de lejecitos, pero la cámara nada capta al respecto porque esa especie de toque de queda autoimpuesto se obedece a rajatabla.

Hablando de distancia, quienes sí se tomaron muy en serio a “Susana” fueron los funcionarios públicos. Tanto en las sedes de Recaudación de Rentas como Presidencia Municipal, hay sendos avisos, cual si fueran sellos de clausura, donde sucintamente se informa (a quien se atreva a ir a leerlos) que las oficinas permanecerán cerradas por la contingencia.

Además, en el papel hay una relación de nombres y teléfonos de burócratas encabezados por la alcadesa Mayra Díaz, quienes se tomaron muy en serio lo del “home office” y prefirieron trabajar “a control remoto” desde la comodidad de sus casas, como diciendo “del coronavirus y del sol…” Como dato curioso, el lema de la administración municipal es “Trabajando unidos”. No tanto, según se ve.

Es hora de dejar el pueblo para que la noche no sorprenda en las de por sí inseguras (por otras razones) carreteras de la región. La subida pinta para hacer más de las cuatro horas de bajada, y atrás se va quedado un pueblo en el que el miedo a la pandemia parece estar impreso en el pensamiento de sus pobladores.

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