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Renuncia

  • Ana Verónica Torres Licón

Cerré la puerta de la oficina, tras haber firmado…!sí, renuncié!; dejando atrás doce años de mi vida; y no sólo renuncié a la estabilidad, a la seguridad de un sueldo quincenal, periódico y consistente, a las prestaciones que la empresa otorgaba, a los bonos y beneficios que eran bastante atractivos.

Recuerdo bien, que el seguro de gastos médicos me pareció formidablemente atrayente, ya que los servicios de salud en las instituciones públicas son poco eficientes y dan esa sensación de frustración cada ocasión que uno va ser atendido. ¡Vaya que si le saqué provecho! Me atrevo a decir que aquello que me pareció tan ventajoso, no tardé mucho en estrenarlo; tras mis primeros meses, se me detectó una hernia hiatal, la cual fue intervenida con laparoscopía; menuda utilidad tiene esta prestación, ya que después de la hernia, continué con otras sintomatologías que fueron atendidas con ese bendito seguro; entre ecosonogramas, tomografías y estudios, me convertí en visitante frecuente de estos establecimientos médicos.

En fin, lo mejor de todo era el periodo vacacional superior a la establecido por la ley y ni se diga la prima vacacional, que me parecía bastante jugosa. Esos días y ese dinero eran parte de una satisfacción momentánea, similar al placer que existe al fumar un cigarro, cada bocanada, cada aspiración y exhalación tan plácidas, se convierten en humo, difuminándose y así el deleite de esos días, se desvanece y se disipa, como aquellas lluvias que son torrenciales, pero no logran penetrar a la tierra, ni generan una humedad consistente. Llamarada de petate, diría mi abuela, para hacer alusión a lo efímero del instante; así era como yo percibía mis vacaciones, como una tregua… para después continuar con la reyerta interior, que en mí se debatía entre continuar con mí prolífico empleo, o perseguir un deseo personal.

Y es que, haber tomado aquel taller de escultura, fue liberador: Identifiqué en mí una persona capaz, hábil y creativa. Al modelar mis piezas, me reflejo en cada una, al concluir hay un júbilo especial que me hace sonreír. Un sentimiento de potestad sobre la materia se concentra en mis manos, y al mirarlas percibo un orgullo tan grácil, que se refleja en mi andar despreocupado y seguro.

Después de dos años de dejar mi empleo, he adquirido cierta estabilidad; no vendo muchas piezas semanalmente, pero consolidé un pequeño taller donde doy clases. Tengo un alumnado constante. En mi corazón hay dicha, fuego y pasión por lo que hago. Considero que mis condiciones actuales son muy favorables. Digo todo esto mientras Benito, dueño de D´Oporto salón, termina de acicalar mi cabello; mira mis ojos reflejados en el espejo, mientras permanezco en reposo.

Benito, tras haber escuchado mi relato, concluye: – Considero, que no te ha ido tan bien…no has cambiado de auto…