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Melquiades

  • Ana Verónica Torres Licón

La misma historia una y otra, y otra vez… Hechos subsecuentes que se repiten. Toda su vida ha sido independiente, sin pedir permiso para entrar; mucho menos avisar al salir. Sólo me percato de su ausencia, cuando el silencio gutural invade la casa. Sin embargo, ya estoy vieja… y espero su llegada con la misma ansiedad que los niños esperan los regalos en navidad, con esa esperanza expectante, con esa alegría desbordante…

Estoy un poco fatigada. Creo que tomaré un momento de sueño reparador, el dia ha sido demasiado largo, o quizás es que ya estoy demasiado cansada… 72 años se dicen fácil, parecen poco para quien no los carga, parecen muchos para los que son jóvenes y le temen al futuro, y observan las canas y las arrugas como algo insólito, o bien que son síntomas de una enfermedad.

Me gustaría decirles que ni lo uno ni lo otro… Que las canas y las arrugas son recuerdos que el tiempo va dejando, para que no olvidemos las batallas libradas, y vaya que hay temporadas de constante trajín, donde el tiempo se prolonga y el sufrimiento no termina… Bueno, cuando uno se hace viejo… Uno entra en años y esos años traen triunfos y derrotas, y de las derrotas se aprende más que de los triunfos.

¡Melquiades no llega!- Ese granuja se ha sublevado… Abusa del cariño que le tengo, de la paciencia que le ofrezco y no valora la comida y el techo que le proveo. No debería de quejarme, él siempre ha sido independiente; aunque así como yo tengo mis achaques, él tampoco es tan ágil como años anteriores, en los que disfrutaba del solariego atardecer del verano tendido en la banqueta. Ahora, el calor lo atosiga bastante y ha suspendido esos baños de sol. Las preferencias cambian conforme transcurren los años, yo en cambio, disfruto del calor del sol que me calienta la espalda y pienso que le hace bien a mis pulmones. Hablando de pulmones, me fumaré un cigarro mientras espero a Melquiades, me sentaré en mi mecedora, disfrutaré del fresco viento que sopla en el patio, miraré la luna menguante, tan menguante como yo…

Cuánta desconsideración por parte de Melquiades, no debería de quejarme; ¡no se le pueden pedir peras al olmo!- él, siempre tan independiente, autónomo y soberano, haciendo lo que más le place, andando por doquier, sin respetar los límites de la casa, brincando las bardas con tal de explorar nuevos territorios, un aventurero, enamorado en toda la extensión del concepto. Supongo que después de tantos años, debo de aceptarlo, tal y como es… pero quejarme es necesario y, como Melquiades es mi única compañía… pues me quejo y me preocupo por él; bueno, me angustia que no regrese.

Melquiades no ha regresado; lo sigo esperando, quizás anda de enamorado o protagonizando una riña.

Bien dicen que los gatos son criaturas egoístas; si uno busca lealtad, fidelidad y compañía, lo ideal es un perro. Los canes, esos sí que cuidan y protegen.

Sin embargo, yo no cambio por nada todos estos años con Melquiades, en que su agilidad y gracia llenaron mis días.