/ martes 26 de abril de 2022

Tiempos y espacios | Apóstol  Nuclear

“Ahora me he convertido en la Muerte, el destructor de mundos”. En 1965, en plena Guerra Fría y con los ensayos nucleares en su apogeo, la cadena de televisión NBC emitía el documental The Decision to Drop the Bomb. La película retrocedía dos decenios para diseccionar el momento histórico en que se tomó la decisión de arrojar la bomba atómica sobre Hiroshima. Uno de los padres de aquel ingenio, el físico Julius Robert Oppenheimer (22 de abril de 1904 – 18 de febrero de 1967) comparecía ante la cámara, envejecido, ya retirado, y afectado por el cáncer de garganta que le causaría la muerte apenas dos años después. Emocionado, Oppenheimer recordaba el 16 de julio de 1945, el día de la prueba Trinity, la primera explosión nuclear que él había contribuido a crear. Las palabras de Oppenheimer suelen recordarse como síntesis ilustrativa del proceso vital de un científico que dedicó su talento a desarrollar el arma más mortífera jamás inventada por el ser humano, para después embarcarse en una cruzada pacifista que duraría hasta el fin de sus días. Una interpretación superficial hablaría de remordimientos y búsqueda de redención. Pero lo cierto es que, en más de dos décadas trabajando por la paz nuclear, el físico jamás dijo haberse arrepentido de construir la bomba o de recomendar su uso contra Japón. ¿Cómo se entiende entonces la metamorfosis de Oppenheimer? ¿Realmente la hubo? ACUSADO DE COMUNISTA. Oppenheimer fue el primer y brillante vástago de una acaudalada familia judía de Nueva York, no religiosa pero firmemente arraigada en los principios de la cultura ética. Graduado en Harvard, su paso por Europa, Caltech y la Universidad de California en Berkeley dejó un rastro de valiosos trabajos en un amplio espectro de campos de la física teórica; pero también un coqueteo con organizaciones izquierdistas que le puso en el punto de mira. Cuando en 1942 fue reclutado para el Proyecto Manhattan para fabricación de la bomba atómica como director del Laboratorio de Los Álamos, en Nuevo México, el FBI ya llevaba un año investigando sus actividades políticas. Testigos presenciales del primer resultado de aquel trabajo, el ensayo Trinity, contaron que la reacción de Oppenheimer durante la prueba fue simplemente de alivio y satisfacción, y que exclamó “it worked!” (¡ha funcionado!). Pero sólo 11 días después del bombardeo de Hiroshima, el 17 de agosto de 1945, expresó por escrito al gobierno de EEUU su deseo de que las armas nucleares fueran prohibidas. Dos meses después le diría al presidente Harry S. Truman que sentía sangre en sus manos.

Así comenzó para Oppenheimer una nueva carrera, la de apóstol del desarme nuclear, que inició desde su nuevo puesto como presidente del Comité Asesor General de la Comisión de Energía Atómica de EEUU. Este empeño, unido a sus convicciones políticas, le llevó a testificar en 1954 ante el Comité de Actividades Antiamericanas, dentro de la llamada caza de brujas promovida por el senador Joseph McCarthy. Oppenheimer no reconoció filiación alguna con organizaciones comunistas, pero sí simpatía. Como resultado, sus privilegios de seguridad fueron revocados y fue condenado al ostracismo político. Por todo ello, resulta curioso que en sus últimos años Oppenheimer afirmara que, de haber podido regresar atrás, lo habría hecho todo exactamente igual, y que no se arrepentía de haber contribuido al éxito de la bomba. Pero la clave de esta aparente contradicción podría estar en aquellas palabras que han pasado a la historia.

Prof. Ramon Lerma Alvidrez | Ingeniero

“Ahora me he convertido en la Muerte, el destructor de mundos”. En 1965, en plena Guerra Fría y con los ensayos nucleares en su apogeo, la cadena de televisión NBC emitía el documental The Decision to Drop the Bomb. La película retrocedía dos decenios para diseccionar el momento histórico en que se tomó la decisión de arrojar la bomba atómica sobre Hiroshima. Uno de los padres de aquel ingenio, el físico Julius Robert Oppenheimer (22 de abril de 1904 – 18 de febrero de 1967) comparecía ante la cámara, envejecido, ya retirado, y afectado por el cáncer de garganta que le causaría la muerte apenas dos años después. Emocionado, Oppenheimer recordaba el 16 de julio de 1945, el día de la prueba Trinity, la primera explosión nuclear que él había contribuido a crear. Las palabras de Oppenheimer suelen recordarse como síntesis ilustrativa del proceso vital de un científico que dedicó su talento a desarrollar el arma más mortífera jamás inventada por el ser humano, para después embarcarse en una cruzada pacifista que duraría hasta el fin de sus días. Una interpretación superficial hablaría de remordimientos y búsqueda de redención. Pero lo cierto es que, en más de dos décadas trabajando por la paz nuclear, el físico jamás dijo haberse arrepentido de construir la bomba o de recomendar su uso contra Japón. ¿Cómo se entiende entonces la metamorfosis de Oppenheimer? ¿Realmente la hubo? ACUSADO DE COMUNISTA. Oppenheimer fue el primer y brillante vástago de una acaudalada familia judía de Nueva York, no religiosa pero firmemente arraigada en los principios de la cultura ética. Graduado en Harvard, su paso por Europa, Caltech y la Universidad de California en Berkeley dejó un rastro de valiosos trabajos en un amplio espectro de campos de la física teórica; pero también un coqueteo con organizaciones izquierdistas que le puso en el punto de mira. Cuando en 1942 fue reclutado para el Proyecto Manhattan para fabricación de la bomba atómica como director del Laboratorio de Los Álamos, en Nuevo México, el FBI ya llevaba un año investigando sus actividades políticas. Testigos presenciales del primer resultado de aquel trabajo, el ensayo Trinity, contaron que la reacción de Oppenheimer durante la prueba fue simplemente de alivio y satisfacción, y que exclamó “it worked!” (¡ha funcionado!). Pero sólo 11 días después del bombardeo de Hiroshima, el 17 de agosto de 1945, expresó por escrito al gobierno de EEUU su deseo de que las armas nucleares fueran prohibidas. Dos meses después le diría al presidente Harry S. Truman que sentía sangre en sus manos.

Así comenzó para Oppenheimer una nueva carrera, la de apóstol del desarme nuclear, que inició desde su nuevo puesto como presidente del Comité Asesor General de la Comisión de Energía Atómica de EEUU. Este empeño, unido a sus convicciones políticas, le llevó a testificar en 1954 ante el Comité de Actividades Antiamericanas, dentro de la llamada caza de brujas promovida por el senador Joseph McCarthy. Oppenheimer no reconoció filiación alguna con organizaciones comunistas, pero sí simpatía. Como resultado, sus privilegios de seguridad fueron revocados y fue condenado al ostracismo político. Por todo ello, resulta curioso que en sus últimos años Oppenheimer afirmara que, de haber podido regresar atrás, lo habría hecho todo exactamente igual, y que no se arrepentía de haber contribuido al éxito de la bomba. Pero la clave de esta aparente contradicción podría estar en aquellas palabras que han pasado a la historia.

Prof. Ramon Lerma Alvidrez | Ingeniero