/ miércoles 24 de noviembre de 2021

Sobremesa | Noches de lluvia

Yo amo las noches de luvia. Mi casa se convierte en un lugar cálido y sereno, un refugio que se ilumina con los truenos. Se convierte en la guarida de todos los miedos y aun cuando se escuchen los árboles moviéndose con el viento, la calma reina. Los objetos que me rodean se convierten en protagonistas: la jarra del café en ebullición es una gramola que endulza el instante con sus burbujas danzantes y gorgoreantes; el sofá me abriga con sus mullidos cojines y reposo en el como si fueran los brazos de mi padre durante la infancia y la lámpara que silenciosa alumbra el instante es el ojo vigilante en custodia de mis pensamientos.

Voy a mi alcoba en busca de un nido. El viento gruñe en el exterior y las gotas azotan la ventana. Las tibias sábanas me esperan para envolver mis sueños. Una almohada me invita a cavilar sobre la vida y las promesas incumplidas del pasado. La lluvia se amansa como un animal debilitado por el cansancio tras sostener una lucha y evitar ser domesticado. Decido no dormir, evito cerrar los ojos y escuchar el murmullo del agua escurriendo por el cristal. Pienso en las aves prietas que dañan la fachada de mi casa durante el día con sus heces. Ahora estarán guareciéndose del temporal. Yo me refugio en el cobertor morado. Pienso en los colores de mi habitación, las paredes blancas y la mancha de maquillaje que dejé junto al interruptor de electricidad. Olvido los pájaros y pienso en las personas que permanecen al interior de sus casas aunque estas tengan los techos agujerados. Recuerdo a los hombres que trabajan afuera del supermercado y los que despachan gasolina. Aparece frente a mi la visión de una mujer y su hijo pequeño pidiendo caridad bajo el puente. Entonces me esfuerzo por dormir. Cierro los ojos. Aparecen frente a mi las visiones de todos aquellos para los que padecen las noches de lluvia. Son imágenes que se decantan en mi mente. Aprieto los ojos. Me esfuerzo por conciliar el sueño. En mis ensoñaciones mi casa se yergue como una joya. Resplandece y su fulgor me encandila. Froto mis párpados. Intento domar mis pensamientos.

La lluvia no ha cesado. Permanece frugal y constante. Hay un melódico chip-chip que enternece. Me acurruco. Cubro mi cabeza con la sábana. Mi lecho que hace unos minutos lo percibía como un lugar grato, ahora me expulsa. Me enojo. Yo no puedo remediar la infinita miseria. Solo puedo ofrendar la conciencia de mi propio bienestar.

Vuelvo a mi cama. Me duermo, me duermo avergonzada de paladear un gozo, el gozo de disfrutar la noche de lluvia. Lluvia que atormenta a otros seres humanos. Agua que se escurre sobre sus hombros cansados. El líquido frío que penetra en los orificios de un viejo calzado, es la misma lluvia que me hace regocijarme en el interior de cuatro paredes que afectuosas me albergan. Valoro el instante de la lluvia, valoro la intimidad intensa y dulce que me provoca estar en una habitación. La difícil comprensión de las comodidades que disfruto. Mi cabeza intenta explicar el mensaje que me trajo la lluvia. Hago por dormir para recuperar fuerzas después del desgaste de sobre pensar. Necesito unas horas de gracia propicias para el ensueño y la esperanza. Por que al despertar la lluvia habrá cesado y tendré que abandonar el espacio que me abriga, para salir y ser una más del mundo. Pondré un pie fuera de mi hogar y perderé los privilegios ganados durante una noche de lluvia. Necesitaré fuerzas para caminar entre los charcos y el lodo después de la tormenta.

Ana Verónica Torres Licón | Docente y Escritora

Yo amo las noches de luvia. Mi casa se convierte en un lugar cálido y sereno, un refugio que se ilumina con los truenos. Se convierte en la guarida de todos los miedos y aun cuando se escuchen los árboles moviéndose con el viento, la calma reina. Los objetos que me rodean se convierten en protagonistas: la jarra del café en ebullición es una gramola que endulza el instante con sus burbujas danzantes y gorgoreantes; el sofá me abriga con sus mullidos cojines y reposo en el como si fueran los brazos de mi padre durante la infancia y la lámpara que silenciosa alumbra el instante es el ojo vigilante en custodia de mis pensamientos.

Voy a mi alcoba en busca de un nido. El viento gruñe en el exterior y las gotas azotan la ventana. Las tibias sábanas me esperan para envolver mis sueños. Una almohada me invita a cavilar sobre la vida y las promesas incumplidas del pasado. La lluvia se amansa como un animal debilitado por el cansancio tras sostener una lucha y evitar ser domesticado. Decido no dormir, evito cerrar los ojos y escuchar el murmullo del agua escurriendo por el cristal. Pienso en las aves prietas que dañan la fachada de mi casa durante el día con sus heces. Ahora estarán guareciéndose del temporal. Yo me refugio en el cobertor morado. Pienso en los colores de mi habitación, las paredes blancas y la mancha de maquillaje que dejé junto al interruptor de electricidad. Olvido los pájaros y pienso en las personas que permanecen al interior de sus casas aunque estas tengan los techos agujerados. Recuerdo a los hombres que trabajan afuera del supermercado y los que despachan gasolina. Aparece frente a mi la visión de una mujer y su hijo pequeño pidiendo caridad bajo el puente. Entonces me esfuerzo por dormir. Cierro los ojos. Aparecen frente a mi las visiones de todos aquellos para los que padecen las noches de lluvia. Son imágenes que se decantan en mi mente. Aprieto los ojos. Me esfuerzo por conciliar el sueño. En mis ensoñaciones mi casa se yergue como una joya. Resplandece y su fulgor me encandila. Froto mis párpados. Intento domar mis pensamientos.

La lluvia no ha cesado. Permanece frugal y constante. Hay un melódico chip-chip que enternece. Me acurruco. Cubro mi cabeza con la sábana. Mi lecho que hace unos minutos lo percibía como un lugar grato, ahora me expulsa. Me enojo. Yo no puedo remediar la infinita miseria. Solo puedo ofrendar la conciencia de mi propio bienestar.

Vuelvo a mi cama. Me duermo, me duermo avergonzada de paladear un gozo, el gozo de disfrutar la noche de lluvia. Lluvia que atormenta a otros seres humanos. Agua que se escurre sobre sus hombros cansados. El líquido frío que penetra en los orificios de un viejo calzado, es la misma lluvia que me hace regocijarme en el interior de cuatro paredes que afectuosas me albergan. Valoro el instante de la lluvia, valoro la intimidad intensa y dulce que me provoca estar en una habitación. La difícil comprensión de las comodidades que disfruto. Mi cabeza intenta explicar el mensaje que me trajo la lluvia. Hago por dormir para recuperar fuerzas después del desgaste de sobre pensar. Necesito unas horas de gracia propicias para el ensueño y la esperanza. Por que al despertar la lluvia habrá cesado y tendré que abandonar el espacio que me abriga, para salir y ser una más del mundo. Pondré un pie fuera de mi hogar y perderé los privilegios ganados durante una noche de lluvia. Necesitaré fuerzas para caminar entre los charcos y el lodo después de la tormenta.

Ana Verónica Torres Licón | Docente y Escritora