/ jueves 12 de marzo de 2020

¿Por qué a mí?

Cuando las cosas suelen ir mal, con furia, solemos preguntarnos ¿Por qué a mí?, no entendemos, somos presas de la confusión, de la impotencia, de la desesperación, de la tristeza.

Y una y otra vez, volvemos a preguntarnos ¿Por qué a mí?, ¿Por qué a mí? Y pensamos que somos los elegidos del mal, que la suerte nos abandonó y desesperados queremos encontrar una explicación, que tal vez no exista.

Intentamos justificarnos y en algunas ocasiones, es posible que los argumentos sean más que validos ¡por qué a mí!; si siempre me porto bien, siempre me cuido, actuó de buena fe, intento esforzarme al máximo, y así una larga lista de frases que expresamos. ¿Por qué a mí? Y no a mi amigo, a mi vecino, por qué no al perfecto desconocido, que habita en la diversidad de este mundo, ¿Por qué a mí? Me ha visitado la desgracia.

Egoístas, cómodos y malagradecidos, solemos ser por naturaleza; una piedrita en el camino fácilmente nos desestabiliza y nos saca del mismo, poniéndonos en jaque a pesar de su pequeña dimensión; siempre queremos que el mundo gire a nuestro alrededor y satisfaga a placer nuestras necesidades y nuestros deseos, como decía mi abuelita, antes pedíamos nueces con cascara y nosotros las pelábamos, hoy las quieren limpiecitas y en la boca.

La pregunta es, ¿por qué cuando las cosas van bien, que es en la mayor parte de nuestro existir, no tenemos la humildad de reconocer y hacernos la misma pregunta? ¿Por qué a mí?, ¿por qué a mí? Se me brinda la dicha de tener tantas bendiciones a mi alrededor, como por ejemplo, la dicha de poder abrir de nuevo los ojos al comenzar un nuevo día, de tener la dicha de poder ponerme de pie, de poder caminar, de esbozar una sonrisa o bien una lagrima, de tener buena salud, de tener que comer, simplemente de tener la posibilidad de recibir y dar amor y de tantas cosas más que la vida nos pone en frente, cada día que transitamos por este maravilloso mundo.

Por qué entonces somos tan soberbios y dejamos de pensar que somos el centro del universo y todo debe girar a nuestro alrededor, por qué entonces cuando tenemos tantas cosas buenas en nosotros mismos y a nuestro alrededor no nos hacemos la pregunta ¿por qué a mí?, ¿por qué a mí?, se me concedieron tantas bendiciones, bendiciones que tal vez no sea digno merecedor de ellas.

Entonces sería bueno poder hacer un ejercicio a fondo de conciencia, que nos dé el equilibrio adecuado y podamos tener la humildad suficiente, para saber agradecer, todo lo bueno que tenemos dentro y a nuestro alrededor y dejemos de quejarnos tanto cuando un eslabón se rompe, provocando que las cosas vayan mal por un momento y que al final suele convertirse en lecciones de vida, que nos permiten mejorar para encontrar un verdadero sentido de felicidad a nuestras vidas. ¿Por qué a mí?

Cuando las cosas suelen ir mal, con furia, solemos preguntarnos ¿Por qué a mí?, no entendemos, somos presas de la confusión, de la impotencia, de la desesperación, de la tristeza.

Y una y otra vez, volvemos a preguntarnos ¿Por qué a mí?, ¿Por qué a mí? Y pensamos que somos los elegidos del mal, que la suerte nos abandonó y desesperados queremos encontrar una explicación, que tal vez no exista.

Intentamos justificarnos y en algunas ocasiones, es posible que los argumentos sean más que validos ¡por qué a mí!; si siempre me porto bien, siempre me cuido, actuó de buena fe, intento esforzarme al máximo, y así una larga lista de frases que expresamos. ¿Por qué a mí? Y no a mi amigo, a mi vecino, por qué no al perfecto desconocido, que habita en la diversidad de este mundo, ¿Por qué a mí? Me ha visitado la desgracia.

Egoístas, cómodos y malagradecidos, solemos ser por naturaleza; una piedrita en el camino fácilmente nos desestabiliza y nos saca del mismo, poniéndonos en jaque a pesar de su pequeña dimensión; siempre queremos que el mundo gire a nuestro alrededor y satisfaga a placer nuestras necesidades y nuestros deseos, como decía mi abuelita, antes pedíamos nueces con cascara y nosotros las pelábamos, hoy las quieren limpiecitas y en la boca.

La pregunta es, ¿por qué cuando las cosas van bien, que es en la mayor parte de nuestro existir, no tenemos la humildad de reconocer y hacernos la misma pregunta? ¿Por qué a mí?, ¿por qué a mí? Se me brinda la dicha de tener tantas bendiciones a mi alrededor, como por ejemplo, la dicha de poder abrir de nuevo los ojos al comenzar un nuevo día, de tener la dicha de poder ponerme de pie, de poder caminar, de esbozar una sonrisa o bien una lagrima, de tener buena salud, de tener que comer, simplemente de tener la posibilidad de recibir y dar amor y de tantas cosas más que la vida nos pone en frente, cada día que transitamos por este maravilloso mundo.

Por qué entonces somos tan soberbios y dejamos de pensar que somos el centro del universo y todo debe girar a nuestro alrededor, por qué entonces cuando tenemos tantas cosas buenas en nosotros mismos y a nuestro alrededor no nos hacemos la pregunta ¿por qué a mí?, ¿por qué a mí?, se me concedieron tantas bendiciones, bendiciones que tal vez no sea digno merecedor de ellas.

Entonces sería bueno poder hacer un ejercicio a fondo de conciencia, que nos dé el equilibrio adecuado y podamos tener la humildad suficiente, para saber agradecer, todo lo bueno que tenemos dentro y a nuestro alrededor y dejemos de quejarnos tanto cuando un eslabón se rompe, provocando que las cosas vayan mal por un momento y que al final suele convertirse en lecciones de vida, que nos permiten mejorar para encontrar un verdadero sentido de felicidad a nuestras vidas. ¿Por qué a mí?

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