/ martes 30 de abril de 2019

Niños del Cal y Canto

Ramón Lerma Alvídrez

Acompañé a mi madre, esa tarde, en la visita a una amiga enferma, sus conocimientos adquiridos como asistente en el consultorio de los doctores Álvarez, le permitieron empirismo de enfermería, aplicaba inyecciones con una suavidad que, no dolía. Tal vez, en ese verano, yo acudiría al jardín de niños por primera vez, ese recuerdo se quedó plasmado como acuarelas en mi mente.

Esperé sentado en un fresco zaguán de paredes con agradable olor a húmedos adobes; mirando hacia el patio central, observaba con detenimiento un árbol del que después supe, de higos era su fruto.

De pronto, entre las grandes macetas, salió una bola de pelos que corrió hacia mí, fui a su encuentro, como si ya nos conociéramos. Era un cachorro perruno de tal gracia que, fascinó. Nunca supimos exactamente a qué raza pertenecía. Era una especie de “french poodle” cruzado con de la calle.

Jugamos por varios minutos cuando aparecieron mi madre, y la amiga, más repuesta, quien me dijo:- “Lléveselo, mijo. Se lo regalo, esta lindo y es muy juguetón”. Con la pura mirada hizo mi madre que agradeciera por el regalo. Lo tomé en mis brazos y sonriendo apure el paso escuchando que se despedían las dos reinas. Al llegar a nuestra casa por la calle segunda Del Rayo, intersección con la antigua calle llamada san Francisco (por donde corría el tranvía, platicaban los abuelos), hoy Avenida Independencia, donde adecuamos su dormitorio con una caja de cartón que nos había obsequiado doña Julia, en la tiendita de enfrente.

El nuevo inquilino ocupaba un tibio rincón del patio donde jugábamos cada vez que regresaba del kínder. Su tupido pelo rizado con vivos blancos hacía creerlo como un súper héroe. Poco a poco le fuimos enseñando suertes, “dame la manita, brinca, ve por la pelota”, y todo eso que hacen los “perrhijos”.

Pasó un año, y tuvimos que mudarnos a una de las calles aledañas al legendario puente Cal y Canto. Nos llevamos al “Mouchi” quién fue el primero en hacer amigos en el nuevo barrio. Pronto, nos acompañaba en todo los juegos con los nuevos muchachos.

Jugábamos a los toreros, él, era el flamante toro, las camisetas quedaban rasgadas y llenas de lágrimas por los regaños de la familia al haberlas usado como capote de “Manolete“. Los partidos de beis y fútbol se suspendían en los momentos más emocionantes, el “árbitro Mouchi” decomisaba la pelota, y nos hacía correr tras él.

“Era nuestro perro…Su filosofía de la libertad” canta en “Callejero” Alberto Cortez. Pasamos disfrutándolo toda la época de la escuela, y como la primera vez, iba a nuestro encuentro por el rumbo del Parque del Niño para que nos compráramos un cucurucho de “basuritas” de papas fritas con doña Mary. Era uno más de la pandilla, un chiquillo. Recuerdo que mi padre, alzaba los ojos al cielo cuando la mascota estornudaba, y le deseábamos ¡Salud!...

El tiempo pasaba sin darnos cuenta, estábamos ya en secundaria. Una tarde como aquél verano que nos conocimos, nos extraño no verlo por nuestra calle. Al abrir la puerta de casa lo encontramos echado bajo la escalera, no lucía nada bien, su respiración agitada se fue apagando poco a poco.

Tampoco supe, ni quise saber de qué había muerto. Todos decíamos que la “bruja del 71” lo había envenenado. Los amigos ayudaron a ponerlo en una caja, como aquella primera que tuvo de casita. Nos enfilamos en procesión por la calle hacia el río, con el improvisado ataúd de cartón, en los hombros; el ruido de nuestros gastados zapatos emulaba una marcha fúnebre. Bajo los arcos del puente “calicanto” yacen sus restos. Lo cubrimos con aromáticas jarillas y tristes florecillas silvestres. “Era nuestro perro y era la ternura que nos hace falta cada día más…”

¡Feliz día del Niño!

Ramón Lerma Alvídrez

Acompañé a mi madre, esa tarde, en la visita a una amiga enferma, sus conocimientos adquiridos como asistente en el consultorio de los doctores Álvarez, le permitieron empirismo de enfermería, aplicaba inyecciones con una suavidad que, no dolía. Tal vez, en ese verano, yo acudiría al jardín de niños por primera vez, ese recuerdo se quedó plasmado como acuarelas en mi mente.

Esperé sentado en un fresco zaguán de paredes con agradable olor a húmedos adobes; mirando hacia el patio central, observaba con detenimiento un árbol del que después supe, de higos era su fruto.

De pronto, entre las grandes macetas, salió una bola de pelos que corrió hacia mí, fui a su encuentro, como si ya nos conociéramos. Era un cachorro perruno de tal gracia que, fascinó. Nunca supimos exactamente a qué raza pertenecía. Era una especie de “french poodle” cruzado con de la calle.

Jugamos por varios minutos cuando aparecieron mi madre, y la amiga, más repuesta, quien me dijo:- “Lléveselo, mijo. Se lo regalo, esta lindo y es muy juguetón”. Con la pura mirada hizo mi madre que agradeciera por el regalo. Lo tomé en mis brazos y sonriendo apure el paso escuchando que se despedían las dos reinas. Al llegar a nuestra casa por la calle segunda Del Rayo, intersección con la antigua calle llamada san Francisco (por donde corría el tranvía, platicaban los abuelos), hoy Avenida Independencia, donde adecuamos su dormitorio con una caja de cartón que nos había obsequiado doña Julia, en la tiendita de enfrente.

El nuevo inquilino ocupaba un tibio rincón del patio donde jugábamos cada vez que regresaba del kínder. Su tupido pelo rizado con vivos blancos hacía creerlo como un súper héroe. Poco a poco le fuimos enseñando suertes, “dame la manita, brinca, ve por la pelota”, y todo eso que hacen los “perrhijos”.

Pasó un año, y tuvimos que mudarnos a una de las calles aledañas al legendario puente Cal y Canto. Nos llevamos al “Mouchi” quién fue el primero en hacer amigos en el nuevo barrio. Pronto, nos acompañaba en todo los juegos con los nuevos muchachos.

Jugábamos a los toreros, él, era el flamante toro, las camisetas quedaban rasgadas y llenas de lágrimas por los regaños de la familia al haberlas usado como capote de “Manolete“. Los partidos de beis y fútbol se suspendían en los momentos más emocionantes, el “árbitro Mouchi” decomisaba la pelota, y nos hacía correr tras él.

“Era nuestro perro…Su filosofía de la libertad” canta en “Callejero” Alberto Cortez. Pasamos disfrutándolo toda la época de la escuela, y como la primera vez, iba a nuestro encuentro por el rumbo del Parque del Niño para que nos compráramos un cucurucho de “basuritas” de papas fritas con doña Mary. Era uno más de la pandilla, un chiquillo. Recuerdo que mi padre, alzaba los ojos al cielo cuando la mascota estornudaba, y le deseábamos ¡Salud!...

El tiempo pasaba sin darnos cuenta, estábamos ya en secundaria. Una tarde como aquél verano que nos conocimos, nos extraño no verlo por nuestra calle. Al abrir la puerta de casa lo encontramos echado bajo la escalera, no lucía nada bien, su respiración agitada se fue apagando poco a poco.

Tampoco supe, ni quise saber de qué había muerto. Todos decíamos que la “bruja del 71” lo había envenenado. Los amigos ayudaron a ponerlo en una caja, como aquella primera que tuvo de casita. Nos enfilamos en procesión por la calle hacia el río, con el improvisado ataúd de cartón, en los hombros; el ruido de nuestros gastados zapatos emulaba una marcha fúnebre. Bajo los arcos del puente “calicanto” yacen sus restos. Lo cubrimos con aromáticas jarillas y tristes florecillas silvestres. “Era nuestro perro y era la ternura que nos hace falta cada día más…”

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