/ miércoles 24 de junio de 2020

Las profecías del fin del mundo

A todos tarde que temprano, felices o tristes nos llega el día en que se cumple la profecía de nuestro final. Quiero creer que solo llega el día en que nuestro cuerpo se acaba, pero espero que no sea el final del todo. Esa sería la profecía del fin del mundo más catastrófica. Espero que la muerte de tantas vueltas como las vueltas que da la vida que parece una rueda de la fortuna y subimos y bajamos y damos vueltas. Podemos contemplar el mundo que gira y gira y gira sobre su propio eje y alrededor del sol. Dando vueltas en el cosmos, en universos paralelos y en el torrente sanguíneo de los seres vivos.

Vamos dando vueltas tratando de entender nuestro propósito. Tratando de ser un poco de luz, convertirnos en parte del firmamento. Decía un maestro: “No seamos sólo máquinas de hacer popo” Y así algunos nos empeñamos en ser la estrella que ilumina el camino de alguien. Dejemos algo más que excremento en nuestro paso por el planeta tierra. Descubramos, aprendamos, enseñemos, constantemente abramos nuestra mente a la vida y su diversidad, rectifiquemos errores. Quien no reconoce sus errores o está al pendiente de ellos se priva de mejorar. Un día nos toca ser juez y otro día nos toca ser juzgados.

Tal vez tengamos una especie de programa predeterminado, pero tenemos testimonios de amplias opciones que también son diseñadas según las lecciones o las experiencias que debamos asimilar y aprender. Es posible dar pinceladas de colores en la programación neurológica con la que trabaja cada quien desde el cerebro interno y el externo, se le llama libre albedrío.

Quiero hacerme consciente de la programación con la que trabaja mi sistema nervioso central y periférico, tener el control de mi sistema simpático y parasimpático. Crear nuevas neuronas cada día y hacer realidad la profecía de la eternidad. Podemos dejar de ser parte de esas masas que se mueven sin pensar, ni cuestionar manipulados como ovejas por un pastor.

Consternado por las catástrofes naturales en nuestro país como el sismo 7.5 que ayer 23 de junio de 2020 sacudió México, los estragos que seguimos viviendo con la pandemia y los pronósticos de tsunamis en las costas de Guerrero. Nos queda hacer conciencia de lo frágil que es la vida, nuestro planeta, el universo que parece infinito. Hace millones de años llegó un meteorito y acabó con la vida de todos los dinosaurios. La vida no solo se acaba de forma individual, se puede apagar en forma colectiva. Nadie tiene la vida para siempre pero tal vez puedo buscar en los recovecos un alma que me salve.

A todos tarde que temprano, felices o tristes nos llega el día en que se cumple la profecía de nuestro final. Quiero creer que solo llega el día en que nuestro cuerpo se acaba, pero espero que no sea el final del todo. Esa sería la profecía del fin del mundo más catastrófica. Espero que la muerte de tantas vueltas como las vueltas que da la vida que parece una rueda de la fortuna y subimos y bajamos y damos vueltas. Podemos contemplar el mundo que gira y gira y gira sobre su propio eje y alrededor del sol. Dando vueltas en el cosmos, en universos paralelos y en el torrente sanguíneo de los seres vivos.

Vamos dando vueltas tratando de entender nuestro propósito. Tratando de ser un poco de luz, convertirnos en parte del firmamento. Decía un maestro: “No seamos sólo máquinas de hacer popo” Y así algunos nos empeñamos en ser la estrella que ilumina el camino de alguien. Dejemos algo más que excremento en nuestro paso por el planeta tierra. Descubramos, aprendamos, enseñemos, constantemente abramos nuestra mente a la vida y su diversidad, rectifiquemos errores. Quien no reconoce sus errores o está al pendiente de ellos se priva de mejorar. Un día nos toca ser juez y otro día nos toca ser juzgados.

Tal vez tengamos una especie de programa predeterminado, pero tenemos testimonios de amplias opciones que también son diseñadas según las lecciones o las experiencias que debamos asimilar y aprender. Es posible dar pinceladas de colores en la programación neurológica con la que trabaja cada quien desde el cerebro interno y el externo, se le llama libre albedrío.

Quiero hacerme consciente de la programación con la que trabaja mi sistema nervioso central y periférico, tener el control de mi sistema simpático y parasimpático. Crear nuevas neuronas cada día y hacer realidad la profecía de la eternidad. Podemos dejar de ser parte de esas masas que se mueven sin pensar, ni cuestionar manipulados como ovejas por un pastor.

Consternado por las catástrofes naturales en nuestro país como el sismo 7.5 que ayer 23 de junio de 2020 sacudió México, los estragos que seguimos viviendo con la pandemia y los pronósticos de tsunamis en las costas de Guerrero. Nos queda hacer conciencia de lo frágil que es la vida, nuestro planeta, el universo que parece infinito. Hace millones de años llegó un meteorito y acabó con la vida de todos los dinosaurios. La vida no solo se acaba de forma individual, se puede apagar en forma colectiva. Nadie tiene la vida para siempre pero tal vez puedo buscar en los recovecos un alma que me salve.

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