/ jueves 16 de enero de 2020

Hablemos del silencio

Se da inicio en torno a esta temática citando al filósofo, Friederich Nietzche: “El camino a todas las cosas grandes pasa por el silencio”, entendiendo la acepción como: lapsos, pausas e intervalos, propios de nuestra verdadera naturaleza.

El silencio es un componente omnipresente y necesario no sólo en la comunicación verbal y no verbal, sino en todas las manifestaciones del ser humano. Se encuentra presente en el arte, brindando una amplia perspectiva estética a la música, al exhibirse descansos o notas musicales sin ejecución; en la quietud de la pintura, tal cual aparece en los cuadros de Leonardo Da Vinci, que muestra una naturaleza estática, con un mítico silencio que circunda la atmósfera pictórica; el teatro lo presenta tal si fuera un elemento imprescindible, lleno de gestualidad y balanceos; en el arte moderno de hacer poesía, se dice mucho con pocas palabras, las cuales aparecen de un modo más intencional, con noción de aliento, espacio y visibilidad, con blancuras y silencios que van encadenando formas estéticas. De igual manera, se hace presente en la filosofía oriental, cual sinónimo de sabiduría y en el ámbito religioso como forma predilecta de acercamiento a lo divino, a la comunión con un ser omnipotente.

La palabra silencio es polivalente, existe en la parte oscura del sueño, en el final de la conversación, en las manifestaciones culturales y religiosas; cuando sin necesidad de emitir palabras, una mirada o expresión corporal, se dan a conocer sentimientos y emociones; porque hay momentos que los discursos distraen y entorpecen el mensaje, siendo más oportuna la comunicación basada en la ausencia del lenguaje verbal.

El silencio ha imperado desde antes del comienzo de todas las cosas, es autónomo, no ha sido tocado por el tiempo, sigue prevaleciendo y dando un toque de armonía, tranquilidad y sosiego al ajetreo cotidiano y ruidoso de la vida.

Permite la reconexión con el interior; que aflore la espiritualidad y permee la calma. Es un compás de espera, que vence el parloteo mental y fantasmas acuciantes de memorias, palabras y bombardeo de imágenes, hasta lograr un encuentro consigo mismo.

En medio del silencio, se logra armonizar el yo interior, utilizando la respiración, inhalando y exhalando hasta encontrar ese lapso de paz, que a su vez, emana energía a todo el cuerpo y abre canales de comunicación; permite que fluye la vida; la paz; distintas perspectivas de reflexión y escucha activa de la interioridad. De ahí la máxima del filósofo Sócrates: “Conócete a ti mismo”.

Sin embargo, al sumergirnos en la quietud de su abrigo, podemos escuchar el palpitar del corazón, las voces internas de los órganos; es por ello, que el binomio “silencio- escucha”, no es solo una condición para la introspección y contacto con la voz interior, sino un descanso, un alto, un aislamiento con el mundo exterior que ayuda a revalorar y redirigir nuestros pensamientos y acciones.

Se da inicio en torno a esta temática citando al filósofo, Friederich Nietzche: “El camino a todas las cosas grandes pasa por el silencio”, entendiendo la acepción como: lapsos, pausas e intervalos, propios de nuestra verdadera naturaleza.

El silencio es un componente omnipresente y necesario no sólo en la comunicación verbal y no verbal, sino en todas las manifestaciones del ser humano. Se encuentra presente en el arte, brindando una amplia perspectiva estética a la música, al exhibirse descansos o notas musicales sin ejecución; en la quietud de la pintura, tal cual aparece en los cuadros de Leonardo Da Vinci, que muestra una naturaleza estática, con un mítico silencio que circunda la atmósfera pictórica; el teatro lo presenta tal si fuera un elemento imprescindible, lleno de gestualidad y balanceos; en el arte moderno de hacer poesía, se dice mucho con pocas palabras, las cuales aparecen de un modo más intencional, con noción de aliento, espacio y visibilidad, con blancuras y silencios que van encadenando formas estéticas. De igual manera, se hace presente en la filosofía oriental, cual sinónimo de sabiduría y en el ámbito religioso como forma predilecta de acercamiento a lo divino, a la comunión con un ser omnipotente.

La palabra silencio es polivalente, existe en la parte oscura del sueño, en el final de la conversación, en las manifestaciones culturales y religiosas; cuando sin necesidad de emitir palabras, una mirada o expresión corporal, se dan a conocer sentimientos y emociones; porque hay momentos que los discursos distraen y entorpecen el mensaje, siendo más oportuna la comunicación basada en la ausencia del lenguaje verbal.

El silencio ha imperado desde antes del comienzo de todas las cosas, es autónomo, no ha sido tocado por el tiempo, sigue prevaleciendo y dando un toque de armonía, tranquilidad y sosiego al ajetreo cotidiano y ruidoso de la vida.

Permite la reconexión con el interior; que aflore la espiritualidad y permee la calma. Es un compás de espera, que vence el parloteo mental y fantasmas acuciantes de memorias, palabras y bombardeo de imágenes, hasta lograr un encuentro consigo mismo.

En medio del silencio, se logra armonizar el yo interior, utilizando la respiración, inhalando y exhalando hasta encontrar ese lapso de paz, que a su vez, emana energía a todo el cuerpo y abre canales de comunicación; permite que fluye la vida; la paz; distintas perspectivas de reflexión y escucha activa de la interioridad. De ahí la máxima del filósofo Sócrates: “Conócete a ti mismo”.

Sin embargo, al sumergirnos en la quietud de su abrigo, podemos escuchar el palpitar del corazón, las voces internas de los órganos; es por ello, que el binomio “silencio- escucha”, no es solo una condición para la introspección y contacto con la voz interior, sino un descanso, un alto, un aislamiento con el mundo exterior que ayuda a revalorar y redirigir nuestros pensamientos y acciones.