/ viernes 9 de julio de 2021

Espejos de vida | La carrera del tiempo

Me permito abordar un término que tiene diferentes acepciones de acuerdo al contexto y momento en que se aplica. El uso óptimo del tiempo, es una tarea que a todos concierne y ocupa, porque estamos conscientes de su fugacidad, de reconocer los breves instantes que puede aprisionarse, para luego escapar en búsqueda de la eternidad; el tiempo se evapora, desaparece como las nubes que luego dejan ver su contorno en el firmamento y posteriormente, solo es visible un cielo azul traslúcido; como el agua que puede atraparse entre las palmas de las manos, para después empezar a diluirse hasta desaparecer por completo.

Una prueba fehaciente de ello es el reloj, dispositivo que marca las 24 horas del día, completa un ciclo y vuelve a empezar; su esencia es concebida de acuerdo al momento y a la persona que lo está experimentando; quién se hace consciente de este, aminora el paso, lo pausa para contemplar con más detenimiento o en su defecto, lo apresura, creyendo que va a darle alcance. El tiempo, inflexible en su sentir, sabe que nada ni nadie detiene su paso, solo permite crear la ilusión óptica de que alguien puede controlarle. El calendario va marcando inexorablemente los días de cada mes, y en un abrir y cerrar de ojos, da vuelta a la página para volver a empezar con uno nuevo; de pronto, casi sin darnos cuenta, está en el último recuadro, adornado con luces navideñas y el resplandor de las chimeneas que emiten sus danzas bailarinas en espera del último baile a efectuarse en ese año que termina.

Y es así, como vamos sumando años a la cuenta de nuestro nacimiento y el cómo vamos restando tiempo a nuestra línea de vida. Crecemos, algunos vamos a la escuela, nos enamoramos, tenemos hijos y de pronto, volvemos a quedarnos sin ellos, porque ya emprendieron su camino y se encuentran en la pista de su propia carrera; podemos constatar la experiencia adquirida, los conocimientos ganados y las pérdidas que conlleva cada etapa; la piel antes diáfana y tersa, va mostrando los vestigios del camino andado, las sonrisas y preocupaciones dejan su huella en el rostro, el pelo, cambia de tonalidad, el paso baja su ritmo y la visión se expande valorando todo lo que está a nuestro alrededor. Otras personas pudieron elegir otro itinerario de viaje, pero de igual forma, vamos en el tren, con un destino escrito en el boleto, con hora de salida y llegada; lo que hagamos durante la travesía, será nuestra elección de vida, saber con quienes compartimos los asientos, los recuerdos y memorias; a quienes les abrimos el corazón y les cedemos un espacio en su morada. En este trayecto, nos vamos despidiendo de personas que tuvieron un fuerte impacto en nuestra existencia; les lloramos y alabamos su recuerdo y damos la bienvenida a otros seres que van llegando a conformar parte de nuestro entorno. Es un constante soltar, dejar ir y abrir los brazos para recibir. Entiendo la existencia como un proceso cíclico, que al dar vueltas y girar se expande hacia el exterior, pero que, al usar la magia del pensamiento, puede volver a recrearse con esas imágenes que aún moran en los recuerdos, saborear el aroma de los momentos de antaño y el perfume que dejaron impreso en su caminar. Envío estas palabras a todos y cada uno de los que han conformado este más de medio siglo de vida, y aunque tengo el poder de revivir esos momentos compartidos a su lado con la fuerza del recuerdo, quisiera volver a experimentar su cercanía y abrazo, expresar las palabras que no encontraron su cauce en un momento determinado y hacerles saber cuánto les he amado.

Docente jubilada de la SEP y actualmente formadora de docentes en la escuela Normal Superior Profr. José E. Medrano R.

Me permito abordar un término que tiene diferentes acepciones de acuerdo al contexto y momento en que se aplica. El uso óptimo del tiempo, es una tarea que a todos concierne y ocupa, porque estamos conscientes de su fugacidad, de reconocer los breves instantes que puede aprisionarse, para luego escapar en búsqueda de la eternidad; el tiempo se evapora, desaparece como las nubes que luego dejan ver su contorno en el firmamento y posteriormente, solo es visible un cielo azul traslúcido; como el agua que puede atraparse entre las palmas de las manos, para después empezar a diluirse hasta desaparecer por completo.

Una prueba fehaciente de ello es el reloj, dispositivo que marca las 24 horas del día, completa un ciclo y vuelve a empezar; su esencia es concebida de acuerdo al momento y a la persona que lo está experimentando; quién se hace consciente de este, aminora el paso, lo pausa para contemplar con más detenimiento o en su defecto, lo apresura, creyendo que va a darle alcance. El tiempo, inflexible en su sentir, sabe que nada ni nadie detiene su paso, solo permite crear la ilusión óptica de que alguien puede controlarle. El calendario va marcando inexorablemente los días de cada mes, y en un abrir y cerrar de ojos, da vuelta a la página para volver a empezar con uno nuevo; de pronto, casi sin darnos cuenta, está en el último recuadro, adornado con luces navideñas y el resplandor de las chimeneas que emiten sus danzas bailarinas en espera del último baile a efectuarse en ese año que termina.

Y es así, como vamos sumando años a la cuenta de nuestro nacimiento y el cómo vamos restando tiempo a nuestra línea de vida. Crecemos, algunos vamos a la escuela, nos enamoramos, tenemos hijos y de pronto, volvemos a quedarnos sin ellos, porque ya emprendieron su camino y se encuentran en la pista de su propia carrera; podemos constatar la experiencia adquirida, los conocimientos ganados y las pérdidas que conlleva cada etapa; la piel antes diáfana y tersa, va mostrando los vestigios del camino andado, las sonrisas y preocupaciones dejan su huella en el rostro, el pelo, cambia de tonalidad, el paso baja su ritmo y la visión se expande valorando todo lo que está a nuestro alrededor. Otras personas pudieron elegir otro itinerario de viaje, pero de igual forma, vamos en el tren, con un destino escrito en el boleto, con hora de salida y llegada; lo que hagamos durante la travesía, será nuestra elección de vida, saber con quienes compartimos los asientos, los recuerdos y memorias; a quienes les abrimos el corazón y les cedemos un espacio en su morada. En este trayecto, nos vamos despidiendo de personas que tuvieron un fuerte impacto en nuestra existencia; les lloramos y alabamos su recuerdo y damos la bienvenida a otros seres que van llegando a conformar parte de nuestro entorno. Es un constante soltar, dejar ir y abrir los brazos para recibir. Entiendo la existencia como un proceso cíclico, que al dar vueltas y girar se expande hacia el exterior, pero que, al usar la magia del pensamiento, puede volver a recrearse con esas imágenes que aún moran en los recuerdos, saborear el aroma de los momentos de antaño y el perfume que dejaron impreso en su caminar. Envío estas palabras a todos y cada uno de los que han conformado este más de medio siglo de vida, y aunque tengo el poder de revivir esos momentos compartidos a su lado con la fuerza del recuerdo, quisiera volver a experimentar su cercanía y abrazo, expresar las palabras que no encontraron su cauce en un momento determinado y hacerles saber cuánto les he amado.

Docente jubilada de la SEP y actualmente formadora de docentes en la escuela Normal Superior Profr. José E. Medrano R.