/ martes 10 de septiembre de 2019

EL AJUAR

De estatura promedio, extremadamente delgada quizás por la diabetes que la aquejaba, caminaba arrastrando los pies, parecía que no podía alzar sus gastadas sandalias del suelo; su calzado, siempre atrajo mi atención, ese par de guaraches color café, parecían sus aliados, los usaba indistintamente del cambio de estación. Vestida con falda y blusa de percal, con pequeños estampados; y en invierno una chalina color marrón que le parecía conveniente para la combinación de su calzado.

Caminaba largas distancias, desde la parada del camión que la dejaba al pie de la carretera, luego por el camino vecinal que comunicaba las casas de la ranchería.

Agrietados, secos y curtidos por la tierra sus pies se veían ásperos como la corteza de un árbol. De rostro adusto, mirada taciturna y voz pausada.

Nos saludábamos mientras yo barría el portal de mi casa y ella transitaba rumbo a su trabajo o bien en las tardes cuando retornaba; nuestras conversaciones se limitaban a los formulismos básicos de la urbanidad y buena convivencia. Solo en algunas ocasiones comentaba algo sobre su salud: como sus niveles de azúcar y los remedios que tomaba para aminorar los síntomas. La escuchaba atenta, no le hacía recomendación alguna, siempre he opinado que los médicos son los únicos que pueden dar recetas… así que me limitaba a decirle: -Cuídese, Chepinita; que pase buenas tardes.

Marchaba rumbo a su casa, donde preparaba la cena para sus hijos; su marido había fallecido un par de años antes.

Por uno de sus hijos, supimos que Chepinita sufrió un coma diabético, que su débil cuerpo no resistió y sería velada en el recinto fúnebre San José.

Asistí a la funeraria, siempre he considerado que cumplir con los muertos implica despedirlos y me asomé al ataúd; cual sería mi sorpresa, Chepinita estaba ataviada con una blusa satinada color rosa pálido, con botones de concha nácar y un delicado listón negro rodeaba el cuello, anudado con un sutil moño; su atuendo era complementado con una falda de lino oscura. La indumentaria le sentaba a la perfección

Al estar parada junto al ataúd se acercaron dos de sus sobrinas, las cuales comentaban en voz baja: --Que bueno, que somos de la misma talla…

Y la otra respondía: - No había nada decoroso en su ropero, ¡no podíamos dejarla así!

Me hubiera gustado ver a Chepinita en vida; arreglada con su ajuar funerario, caminando frente a mi casa, saludarla y al conversar decirle lo bien que luce.


De estatura promedio, extremadamente delgada quizás por la diabetes que la aquejaba, caminaba arrastrando los pies, parecía que no podía alzar sus gastadas sandalias del suelo; su calzado, siempre atrajo mi atención, ese par de guaraches color café, parecían sus aliados, los usaba indistintamente del cambio de estación. Vestida con falda y blusa de percal, con pequeños estampados; y en invierno una chalina color marrón que le parecía conveniente para la combinación de su calzado.

Caminaba largas distancias, desde la parada del camión que la dejaba al pie de la carretera, luego por el camino vecinal que comunicaba las casas de la ranchería.

Agrietados, secos y curtidos por la tierra sus pies se veían ásperos como la corteza de un árbol. De rostro adusto, mirada taciturna y voz pausada.

Nos saludábamos mientras yo barría el portal de mi casa y ella transitaba rumbo a su trabajo o bien en las tardes cuando retornaba; nuestras conversaciones se limitaban a los formulismos básicos de la urbanidad y buena convivencia. Solo en algunas ocasiones comentaba algo sobre su salud: como sus niveles de azúcar y los remedios que tomaba para aminorar los síntomas. La escuchaba atenta, no le hacía recomendación alguna, siempre he opinado que los médicos son los únicos que pueden dar recetas… así que me limitaba a decirle: -Cuídese, Chepinita; que pase buenas tardes.

Marchaba rumbo a su casa, donde preparaba la cena para sus hijos; su marido había fallecido un par de años antes.

Por uno de sus hijos, supimos que Chepinita sufrió un coma diabético, que su débil cuerpo no resistió y sería velada en el recinto fúnebre San José.

Asistí a la funeraria, siempre he considerado que cumplir con los muertos implica despedirlos y me asomé al ataúd; cual sería mi sorpresa, Chepinita estaba ataviada con una blusa satinada color rosa pálido, con botones de concha nácar y un delicado listón negro rodeaba el cuello, anudado con un sutil moño; su atuendo era complementado con una falda de lino oscura. La indumentaria le sentaba a la perfección

Al estar parada junto al ataúd se acercaron dos de sus sobrinas, las cuales comentaban en voz baja: --Que bueno, que somos de la misma talla…

Y la otra respondía: - No había nada decoroso en su ropero, ¡no podíamos dejarla así!

Me hubiera gustado ver a Chepinita en vida; arreglada con su ajuar funerario, caminando frente a mi casa, saludarla y al conversar decirle lo bien que luce.


martes 10 de septiembre de 2019

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